El machismo y las mujeres golpeadas por tutumpotes

Me parece absolutamente necesario referirme al tema de violencia de género pues, aunque prefiero no sacar conclusiones sobre casos concretos, lo cierto es que el más reciente se ha convertido en comidilla de este pañuelo social y he tenido que escuchar demasiados razonamientos que me dan grima pues demuestran el primitivismo en el que insistimos mantenernos.

Antes que nada dejemos caer el dato de que en 2012 hubo 198 feminicidios en la República Dominicana, y que entre enero y febrero de 2013 ocurrieron 24 (fuente: Policía Nacional). Si a eso sumamos las denuncias por violencia de género, que según los últimos datos disponibles (PN), en 2011 fueron 20,914, incluyendo violencia física, así como verbal y psicológica, estamos ante unos números lúgubres. No en vano también llevamos el liderazgo en violencia de género en América Latina (otro honor más, a sumar a la corrupción y la calidad de la educación).

Les pido antes de seguir que vuelvan a leer el párrafo anterior y sopesen bien los números. Si son como yo, necesitan repasarlos para comprender la magnitud de lo que estamos hablando. Dejemos incluso los feminicidios a un lado por un momento, y pensemos que en este pueblito que podemos tapar con un dedo en el mapamundi, en este fragmento de islita en medio del Caribe, en este pedacito de tierra medio poblado hay poco más de 20 mil mujeres que se atrevieron a denunciar a su pareja por malos tratos. Veinte mil madres, hijas, hermanas, sobrinas, tías, primas nuestras. Veinte mil que sabemos, pues sobre el número de las que nunca han podido hacerlo sólo podemos especular.

Ante este panorama yo no puedo menos que exasperarme cuando escucho personas que culpabilizan a las mujeres. Sin entrar a teorizar sobre la doble cruz que le imponen a una mujer que ya es víctima de violencia, me veo obligada a enfatizar: NO IMPORTAN LOS ARGUMENTOS, LO ÚNICO QUE IMPORTA ES QUE SU PAREJA LA AGREDIÓ. Todo lo demás sobra. Por favor, ayúdenme a meterle eso en la cabeza a este pueblo machista. Se los imploro porque la impotencia me embarga.

Nada puede justificar el abuso físico o psicológico de una persona hacia otra. Es demasiado fácil y cómodo para nosotros que no vivimos esa situación buscar razones que llevaron a un animal a agredir a su mujer (sí, animal, pues un hombre no agrede). No somos nosotros quienes vivimos en medio del terror, no conocemos nosotros las razones que llevan a una mujer a no denunciar, incluso a quedarse ahí. Puede ser miedo, pueden ser los hijos, pueden ser carencias afectivas. En definitiva, nosotros no sabemos. Y juzgando a la víctima estamos fomentando esa abominable cultura machista que pensé habíamos comenzado a sacudirnos de encima.

Repito: La víctima es la mujer golpeada. Ésa, la que tiene el morado, la herida, los puntos. La que ese animal hizo sentir tan poca cosa que se lo creyó, la que fue humillada y no supo o no pudo salir de ahí. Y es doblemente víctima cuando una sociedad indolente la culpa, justifica al patán, y cuando los mecanismos a su alcance no funcionan.

Me parece importante reiterar que la violencia de género ocurre en todas las clases sociales. Es uno de los pocos tipos de violencia en los cuales a la víctima no le sirve de nada tener estatus, dinero ni poder. Está atrapada.

Pero me parece terrible que la cultura de la impunidad imperante en nuestro país la hayamos arrastrado incluso hasta este ámbito. Cuando el agresor es un hombre poderoso la mujer sencillamente no tiene escapatoria. Si a una mujer humilde le resulta difícil lograr que el sistema la proteja, a la casada con un tutumpote le espera un calvario de múltiples humillaciones: desde trabas para interponer la denuncia, hasta descrédito ante la sociedad y los medios. En los casos más asquerosos le espera ver cómo el esposo compra o extorsiona a los hijos para rematarla en su agonía. Su indefensión se multiplica, pues ya no se trata de que los organismos que están encargados de velar por su integridad física no den abasto, sino que son impelidos a no protegerla, e incluso encubrir al tutumpote de ser necesario.

Este tema es, por tanto, más de lo mismo. Más de la perpetuación de unas estructuras de poder e impunidad podridas, en las que personas sin mérito ostentan un poder inmerecido y abusan del mismo sin régimen de consecuencias. Este abuso hiere más y cala más hondo cuando se perpetra contra sectores vulnerables, y la mujer es uno de ellos. Aspiro a que en un futuro no sea así, y podamos referirnos a violencia doméstica sin que inmediatamente se piense que la misma se ejerce del hombre a la mujer. Pero, mientras sigamos tolerando que estas lacras se paseen por esta finca haciendo y deshaciendo, sin pagar por sus fechorías; mientras sigamos con esta pasividad enferma que nos lleva no sólo ya a aceptar, sino también a hacernos cómplices con nuestra inercia y maledicencia; mientras haya vacas sagradas que estén por encima de la justicia, será pues poco lo que maduremos como sociedad.

Yo no poseo elementos suficientes para culpar o descargar, tampoco pertenezco al estamento judicial. Pero es inaceptable que herederos de las dictaduras que hemos padecido puedan utilizar al Estado a su antojo, disponer de los medios de comunicación para limpiar su imagen y ensuciar la de la presunta víctima, hacer o permitir que sus hijos (con o sin coerción) se declaren en los medios en contra de su madre, y borrar noticias publicadas en los medios digitales. ¿Cuándo llegará el “basta ya”? ¿Cuándo pondremos a estos parásitos finalmente en su lugar? ¿Cuándo los haremos apegarse a las leyes y las normas sociales que se nos exigen al resto? ¿Cuándo las personas decentes saldremos de este cascarón? A veces resulta cuesta arriba seguir poniendo el pellejo por un país cuya gente no pretende espabilar.

 

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