Brevísima nota sobre la Feria

(sin la coletilla “del Libro”, pues es harto sabido que de eso no era…)

No fuí a la susodicha feria, como tal. En realidad ella fue más bien para mí el daño colateral de ir el domingo al concierto de Anthony Ocaña en el Teatro Nacional. Excelente presentación, como era de esperarse.

Nos parqueamos en una calle adyacente y caminamos hacia el Teatro, cruzando la Máximo Gómez. El sistema establecido por AMET era el de una cuerda estirada sobre la raya amarilla que divide las dos direcciones de esta calle, para que los peatones cruzaran donde finalizaba la cuerda. Por supuesto, ninguno de los dos extremos de la cuerda terminaba cerca de la entrada a la Plaza de la Cultura; pero tampoco en ninguna esquina, lo cual le quitaba bastante sentido. Una vez identificamos el extremo de la cuerda que nos quedaba más cercano, hacia allá nos dirigimos, con la esperanza de que, ya que la autoridad de tráfico entendió que la vía para cruzar no eran las esquinas, habría un agente asistiendo a los peatones. Qué va. Como buenos dominicanos nos lanzamos a forcejear con los carros de concho que amenazaban con arrollarnos por atrevidos. Todo esto en tacones, sorteando los hoyos en las aceras y el pavimento, el bloqueo del paso por vehículos y vendedores ambulantes, y otros obstáculos ampliamente conocidos.

Ya del otro lado nos dimos cuenta que había una sola entrada abierta, y entre empujones nos dirigimos hacia allá. Varias samaritanas me decían “doña, agarre bien su cartera que aquí hay mucha gente con mala maña”. De hecho me acababa de enterar que estaban asaltando hasta con tijeras como arma. Llegamos a la entrada a duras penas, nadando con y contra la marea humana, y finalmente alcanzamos nuestro objetivo: el Teatro Nacional. A la espera de que abrieran las puertas sólo pude ver el mostrenco del pabellón del Ministerio de Educación, el de los RD$18 millones malgastados y que no tenía libros adentro. Al otro lado y como parte del despliegue y el derroche de ese mismo Ministerio un modelo de comedor escolar (ya en ese punto ni me pregunto qué tiene que ver eso con la feria del libro). El colmo del modelo de comedor escolar eran las estrellas que tenía en su exterior, maquiavélicamente iluminadas de amarillo PLD en la noche, como pude observar al salir del concierto. No le pude tomar foto, ya que las voces agoreras me seguían pidiendo cautela con mis pertenencias pues los “tigres andan acechando”.

Entré y disfruté del magnífico concierto de mi primo y amigo Anthony Ocaña, compositor de primera, quien nos deleitó con su presentación a solo de guitarra. Por supuesto que, aunque la convocatoria fue bastante buena, afuera ni se enteraban, en medio del reguetón y la bachata que ensordecían, de que uno de nuestros más grandes talentos se presentaba gratis en nuestro país (Anthony, por supuesto y lamentablemente para nosotros, no vive en República Dominicana, sino en latitudes donde se valora y admira su talento, excepción hecha de quienes nos enfrentamos a la “feria” para llegar a verle, y del Ministro de Cultura que le invitó a presentarse en el Teatro Nacional y ofrecer este concierto).

Salimos. Sirenas de la policía y multitud enfebrecida. Decidimos sentarnos un rato en la escalinata del teatro a esperar que bajara el flujo de gente. Cuando viene un “seguridad” vestido de negro a decirnos que ya casi cerrarán la puerta y debemos salir es que nos enteramos que en toda la Plaza de la Cultura durante el transcurso de la “feria” se mantuvo UNA SOLA PUERTA ABIERTA para la entrada y salida de las personas. Sabiendo que el “seguridad” nada tiene que ver con este tipo de decisiones, le hago de todos modos, para gastar saliva, la observación de que es contrario a toda norma de evacuación mantener una sola puerta abierta, y que viera desde donde estábamos lo que estaba pasando en la puerta: empujones, gritos por parte de quienes intentaban salir, gritos por parte de la policía, caos absoluto. Su escasez de miras le llevó a replicarme que había mucha seguridad, pues la salida estaba repleta de policías y militares que no permitirían que me robaran. Por supuesto, ni se le ocurrió pensar en la evacuación de toda esa gente en caso de catástrofe.

Cuando vemos que la situación ha mejorado emprendemos la odisea de salir. Parece que desde lejos se veía mejor. Delante de nosotros iba el abuelo de Anthony Ocaña, luchando con sus años por hacerse paso fuera del recinto. No hubo consideración alguna por parte de la concurrencia ni de las autoridades hacia él ni hacia quienes andaban con niños pequeños. De la nada apareció un policía en un motor, abriéndose paso para salir por la misma vía que todos nosotros los peatones, casi pasándole por arriba a mis pies con su motor, pero no me escuchó cuando le dije lo que pensaba, pues tenía audífonos puestos. Música ante todo.

Policías y militares gritaban órdenes a las personas, las arreaban como vacas. Así me sentí, vaca inconformista, pero vaca.

Dicen que en el tránsito se pueden ver las carencias de una sociedad, y el nuestro es prueba de ello. Pero digo que de la “feria” también. La organización estuvo diseñada para un rebaño de sub humanos (así nos ven), que valen tan poco que en aras de facilitar el trabajo se limitaron a establecer una sola vía de acceso, a expensas de vidas si hubiese ocurrido un incendio, por ejemplo. El objetivo fue la promoción de la grandiosidad gubernamental y nada de cultura, un emboba-tontos si se quiere. Escenario fértil para agentes del orden mal pagados, que por unos días se sienten con cierto poder y replican las actitudes que ven de sus superiores sobre los asistentes. Todo un espectáculo lamentable.

Aún no logro sacarme las oficialistas estrellas amarillas del comedor escolar de la cabeza. Qué desgracia!

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