¿Hacia 2036?

Hace poco más de un año consideraba exageradas aquellas voces que pregonaban la puesta en marcha del PLD de su proyecto para consolidarse en el poder a través de una dictadura constitucional. Incluso, y aún siendo vox populi los casos de corrupción de altos funcionarios, me encontraba un tanto excesivo catalogar a dicho partido como una corporación, aunque reconocía que la organización exhibía algunas conductas que se amoldaban a esta calificación. He de confesar que, sin ser peledeísta, estos pregones me parecían intentos desesperados de una oposición que eligió como candidato al peor que tenía para batirse contra el partido oficialista (esta afirmación no es rotunda, porque el otro era igual de peor, o más peor, o… bueno, mejor sería consultar el “peorímetro” para sacar una conclusión definitiva). El caso es que el PRD presentó al país como candidato a uno de los presidentes más impopulares de nuestra historia pseudo-democrática, tanto que en una república tan bananera como ésta, y detentando la presidencia, no pudo reelegirse.

Quizás mi ceguera se debía precisamente a la oposición, modesta pero constante, que hice a Hipólito Mejía durante su gobierno. Es que fue tan nefasto su mandato que cuando el PLD volvió al poder llegó casi con un cheque en blanco. Era demasiado fácil, para un pueblo acostumbrado al “menos malo”, comparar los desaciertos y concluir indefectiblemente que seguía siendo mejor cualquier cosa que Hipólito. Aquella famosa encuesta, sin rigor científico alguno, que proclamaba al diablo como vencedor en una contienda electoral, resulta sintomática del sabor que dejó el mandato de Hipólito en el pueblo. Y me aventuro a afirmar que se mantiene, pues en la campaña él mismo se encargó con sus desaciertos de recordarnos esos cuatro años que nos sacudimos de encima en 2004 como la peste bubónica.

No puedo culpar a nadie más que a mí misma de no haberme dado cuenta antes de lo que gestaba el PLD. Más bien de no haberme querido dar cuenta. El PRD tiene una responsabilidad ineludible ciertamente, pero yo tomé el camino de la comodidad. De ocuparme de otras cosas y no prestar atención al proceso de apropiación del país que vino ejecutando el PLD, cuya primera fase culminó con la aprobación de una Constitución que consolida en sus manos todos los poderes de contrapeso.

Ahora estamos en una situación en la cual las apariencias importan poco. Habiendo concentrado los tres poderes del Estado en sus manos, y habiendo incorporado a cerca del 15% de la población electoral a su proyecto clientelar, no es necesario ni siquiera hacernos el teatro de que la maquinaria estatal funciona correctamente.

La justicia, generalmente el último poder en perder las apariencias, nos ha dado una bofetada tras otra con el agravante de sonrisa burlona. Y esto no es algo para tomar a la ligera: somos rehenes de un gobierno de truhanes que en caso de necesitarlo utilizarán al poder judicial para legitimar sus fechorías en detrimento nuestro. Ya lo han hecho, y aún el observador más inocente puede apercibirse de que en los últimos meses el Ministerio Público y los tribunales han hecho lo imposible por presentarnos una sentencia o auto injusto tras otro.

A esto se suma el Tribunal Superior Electoral, que ha avalado la destrucción del PRD, emitiendo una sentencia basada en argumentos que mi sobrino de 7 años desmontaría.

Y si bien es cierto que el PRD no está en absoluto exento de responsabilidad, como partícipe que ha sido de la incipiente partitocracia dominicana, no lo es menos que la destrucción del mismo nos afecta a todos. No se trata de simpatizar o militar en el PRD, sino de que el cisma que está experimentando el partido es la consumación final del esquema de unipartidismo genialmente planificado y ejecutado por el PLD.

La democracia dominicana está en peligro. La seguridad que tiene el PLD de que ha neutralizado cualquier amenaza a su hegemonía se manifiesta diariamente en la soberbia de los dirigentes morados, en sus decisiones, en sus declaraciones, cada día más descabelladas; tanto que luego de escuchar que gobernarán hasta el 2036 no me sorprendería que apareciera una postalita estilo “Dios y Leonel”.

Y mientras seguimos con nuestra vida, pagando cada vez más cara una gasolina que Venezuela no nos ha cobrado aún, llegando a fin de mes a duras penas por el encarecimiento de la canasta familiar, temiendo por nuestra seguridad en las calles; un día nos despertaremos y nos daremos cuenta de que somos esclavos en nuestra tierra, de que no podemos hablar, pensar, hacer, y que nada de lo que producimos nos pertenece, pues una organización todopoderosa lo controla absolutamente todo.

Yo no sé dónde está el límite del aguante, pero por dios! Ya está bueno!

Anuncios

De comités políticos, cismas y oposición

Por nuestra historia han pasado muchos gobernantes que han dejado su huella en las carencias democráticas que tenemos hoy, pero, con excepción de Trujillo (y hasta nuevo aviso), Leonel Fernández ha de ser el más infame. Se preguntarán por qué no menciono a Balaguer: La razón es que en realidad sabíamos de dónde había salido Balaguer, conocíamos sus antecedentes, y aún así permitimos que los americanos nos lo impusieran, y para rematar lo elegimos varias veces (no todas, eso sí). Sin embargo, Leonel se coló y se quedó; no lo conocíamos, sabíamos muy poco de él, lo cual utilizó en su beneficio y nos vendió gato por liebre. No solamente nos presentó su imagen de estadista progresista, internacional, culto, democrático, sino que en su primer mandato se empleó a fondo en modernizar el Estado y sus instituciones, para maquiavélicamente ir creando las bases sobre las cuales erigirse como caudillo, salvador y padre de la patria (¿nueva?).

Al día de hoy Leonel es el dueño de la República Dominicana, y se lo merece, porque trabajó muy duro para ello. No sólo a lo interno del partido, cesando indefinidamente al Comité Central y dándole poderes feudales al Politburó (ah, perdón, que me dicen por aquí que eso de politburó es de dictaduras comunistas personalistas, quiero decir el Comité Político) el cual es controlado absolutamente por él, sino también funge en la práctica como presidente en funciones del país.

En teoría, el gobierno es gobierno y el partido es partido. El partido en el poder debe ajustarse a las estructuras gubernamentales para impulsar su plan de gobierno durante su mandato. Lo que sucede en las dictaduras es que, a pesar de lo que el partido pretenda proyectar hacia afuera, en efecto el líder y su cúpula gobiernan. Podríamos enunciarlo de manera más sencilla: si Leonel y el Comité Político del PLD son quienes de facto gobiernan, hay indicios de dictadura.

¿Lo agravamos? Bien: Sumémosle a lo anterior que el PLD posee el control del Congreso. Bueno, está bien, en democracia esto es legítimo. Incluso vamos a dejarles pasar la compra masiva de votos. Lo que sí es cierto es que por la estructura interna del PLD resulta que ahora su Comité Político controla al Poder Ejecutivo y al Poder Legislativo. Este es un Legislativo que se debe a las directrices del Comité Político y no de sus votantes, como en reiteradas ocasiones nos ha recordado, no vaya a ser cosa que nos hayamos creído que por elegirles tenemos derecho a exigirles, ¡vaya, las cosas que se nos ocurren a los votantes! Pues bien, creo que ahora el indicio de dictadura se ve más claro.

¿Pero, hay más? me preguntarán ustedes (retóricamente, supongo), y yo les diré que debemos ver qué sucede con el tercer poder del estado. Y, ¡oh sorpresa! resulta que hasta de controlar el Poder Judicial se encargó Leonel, a través del último Consejo General de la Magistratura, designando a dedo a juristas afines e incluso (muy incluso) militantes y altos dirigentes del PLD en la configuración de la Suprema Corte de Justicia. La balanza de la justicia se encuentra absolutamente desequilibrada, sin ningún tipo de contrapeso. Y es por eso que vemos un Procurador apático a canalizar demandas de corrupción de miembros del Comité Político. Si acaso prospera una, cae en manos de un juez que la desestima. Con el tercer Poder del Estado haciéndole compañía a los otros dos también en manos de dicho Comité, me parece a mí que el indicio de dictadura ya no es tan indicio. Yo a esto ya lo llamaría por su nombre y apellido: Dictadura Constitucional.

Pero esto ya lo sabíamos desde hace un tiempecito. Sólo le faltaba a Leonel poner la guinda en el pastel: aniquilar la oposición. Ése ha de ser uno de los episodios más macabros de este nefasto personaje, que tan maquiavélico fue, planificando al mejor estilo “cerebro” cómo conquistar la República Dominicana para su beneficio personal y el de sus lugartenientes, que cuando muchos nos vinimos a dar cuenta ya era muy tarde.

Antes de entrar en este tema debo reiterar que yo no simpatizo, ni nunca he simpatizado, con el PRD, partido que carga con una inmensa cuota de responsabilidad por el Estado fallido que intentamos llamar patria.

Pero el PRD, que lleva desde su fundación un camino de autodestrucción que nunca ha llegado a concretarse (ojalá lo lograran ya, hubiera dicho yo en un momento distinto a este), dejó que el “gran líder” lo superara en astucia. Se dejó utilizar de una manera patética para los fines más viles de Leonel Fernández, quien logró provocar el peor cisma en la historia de ese partido. Todos conocemos los acontecimientos que han llevado a esta ruptura, en la cual los dos principales caudillos se encuentran enfrascados en una encarnizada batalla por el poder del partido, habiendo sido uno de ellos (ex presidente del país, por más señas) expulsado de las filas por la otra facción, con el aval de la Junta Central Electoral. Queda un PRD agonizante, en cuidados intensivos, con un pronóstico nada prometedor. No sabemos lo que va a ocurrir con el PRD, tenemos nuestras sospechas, pero yo personalmente no veo ni en Miguel Vargas ni en Hipólito Mejía personas que reúnan las condiciones que yo busco para un presidente.

Pero lo más escalofriante no es si Miguelito o Hipólito tienen madera para dirigir esta nación (creo que Hipólito ya se empeñó en demostrar que no la tiene en su gestión, mientras Miguel hizo lo propio facilitando la división del partido). Lo más escalofriante es que mientras el PRD hace mitosis con dudosos resultados, en este país no hay oposición política.

Repito: En la República Dominicana no hay oposición política.

Hace tiempo que Maquiavelo conquistó y neutralizó al PRSC, cosa que debe provocarle a Juan Bosch tremendas migrañas en su tumba. Sólo quedaba el PRD como contrapeso, como fuerza política capaz de medírsele al PLD y derrotarle en las urnas. Ya ni eso. Si el PRD sobrevive a este cisma quedará bastante malogrado y disminuido, llevándose Hipólito una tajada importante de las masas. El que crea que el perredeísta vota blanco independientemente de Hipólito, que salga a la calle a preguntar. La obra de Leonel estuvo tan bien orquestrada que logró en el PRD lo que jamás se había visto: el expulsado tiene más gente que el presidente del partido, quien es visto como un traidor. Esta situación deja a la sociedad civil desamparada, puesto que dentro de un Estado de Derecho los partidos fuera del gobierno tienen el deber de hacer una oposición responsable. Además, augura unas futuras elecciones aún más desiguales que las pasadas, con el PLD con mayores medios para garantizarse el triunfo, por un lado, y con un perredeísmo débil y dividido, por el otro.

Si recapitulamos vemos que el comité político del PLD, con el “gran líder” Leonel Fernández a la cabeza, tiene el control del Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial; que no existe oposición política y que el PLD implementa una política clientelar que convierte a un porcentaje muy elevado de la población en sus asalariados.

¿Les recordé que a todo esto Leonel Fernández no es presidente de la República?

Al que aún dude de que todos los elementos anteriores son los ingredientes necesarios para una dictadura, no le pediré que se lea manuales y manuales de filosofía o ciencias políticas. Busque en Google.

Es mi opinión que ante este panorama a los ciudadanos nos queda la vía de hacer oposición civil. Planificada, contundente, sistemática. Ya a estas alturas solo depende de nosotros rescatar este país que insistimos en querer porque nos vio nacer. Cada quien de acuerdo a sus aptitudes o vocación. Me han hablado mucho de que hay que fundar un partido, o que hay que enrolarse en los partidos existentes. Creo que a nadie se le puede imponer su manera de involucrarse en el cambio. El que quiera hacerlo desde la política que lo haga. El que no tenga esa vocación que participe en otras formas: ya sea en los encuentros, marchas, charlas, asambleas, etc.

Es muy cierto que el movimiento social que se ha fortalecido en los últimos años es crucial para ejercer presión y aspirar a un Estado de Derecho. También es muy cierto que llegó la hora de sentarnos y hacer un plan estratégico a corto, mediano y largo plazo que nos permita alcanzar las metas que nos proponemos, el cual debe además tener como prioridad el empoderamiento de la gente. Algunos hemos despertado, pero hay otros que necesitan un empujón, y es nuestra responsabilidad dárselo. Pero hay que hacer las cosas bien hechas y de manera sistemática. Yo no tengo todas las respuestas, pero sí muchas ideas y la disposición de entregarme en cuerpo y alma a nuestro proyecto de democracia.