Un País…

Un país en el que los políticos se enriquecen robándole al pueblo. Que encima de robarle al pueblo se asocian a los narcos. Un país en el que con ese dinero que nos roban los políticos le ponen una yipeta Cayenne a su Yuleidi, más un penthouse en Piantini. Un país en el que la vergüenza está tan ausente que ese político se pasea con su Yuleidi por los restaurantes donde los dominicanos que no son corruptos ni políticos van a comer con su familia. Un país donde los narcos parquean su Ferrari en la entrada de ese mismo restaurante, y piden champán con pata de gallina en medio de un escándalo que le corta la digestión a los demás. Un país donde un sastre es dueño de infinidad de edificios vacíos construidos con dinero de la corrupción. Un país de depredadores ambientales, que de norte a sur y de este a oeste acaban con nuestros recursos, vaciando las camas de los ríos, deforestando para exportar carbón no sólo a Haití sino hasta a Turquía, dejando que un incendio se expanda para aprovecharse de la destrucción y aumentar los conucos ilegales en áreas protegidas. Un país en el que a una persona con un trastorno mental los agentes de tránsito y de policía asesinan impunemente mediante golpes. Un país donde se mueren los recién nacidos en las maternidades por falta de recursos. Un país donde salir a la calle de noche es un riesgo. Un país donde los ladrones apuñalan hasta a las mascotas. Un país donde la madre de una menor embarazada va a denunciar al adulto que la embarazó y termina siendo amenazada porque el macho está bien conectado en el cuartel local. Un país donde las ejecuciones extrajudiciales son la norma y nunca, jamás, hay justicia para los familiares de la víctima. Un país donde los sacerdotes extranjeros violan niños y la jerarquía de la iglesia les da salvoconducto de salida. Un país donde los abogados de la sociedad (fiscales) actúan como abogados de quienes le roban el futuro a esa sociedad. Un país donde cualquiera anda armado y no lo piensa dos veces para resolver una disputa (hasta de tránsito) a tiro limpio. Un país donde nadie se hace a un lado cuando suena la sirena de una ambulancia. Un país donde un funcionario de los que no roban, luego de trabajar su vida entera, se puede morir al enfermarse, porque su contribución a la seguridad social no vale para nada, y el Estado no lo respalda. Un país donde se compite por ver quién pone la música más alta. Un país donde el tigueraje es un valor, y a mayor tigueraje más macho. Un país donde los jóvenes se arriman a los políticos corruptos para no tener que trabajar y ganar el dinero fácil. Un país en el que pagas luz eléctrica pero tienes que tener planta generadora. Un país en el que las becas públicas para que los jóvenes estudien fuera y se forjen un futuro se las ganan los familiares de los políticos de turno. Un país que vive del turismo pero tiene los impuestos más altos para el transporte aéreo. Un país con crecimiento económico constante e incremento en tarjetas solidaridad. Un país donde una madre soltera o divorciada tiene que echar para adelante sin la ayuda del padre. Un país donde los gallos son un deporte. Un país donde los militares con armas largas patrullan las calles. Un país donde los ciudadanos temen a la policía. Un país donde la educación es de las peores del hemisferio. Un país que lanza a la calle profesionales que no saben nada. Un país en el que los ciudadanos prefieren creerle a un narco que a un ex presidente. Un país…

Ahora háblenme de patriotismo.

Sancocho de Déficit y Odio

Ayer me intentaron atracar en Piantini. Me persiguió un motorista hasta la casa de un familiar, y me salvé por un pelo. Al publicarlo, me enteré de que en la última semana ha habido 3 casos conocidos por ahí. Pero este sector no tiene destacamento, y las patrullas circulan muy de vez en cuando, especialmente cuando hay que buscar el moro. No creo que a la policía le importe, y si le importa tiene pocos recursos materiales y humanos para hacer frente a esto.

Pensaba escribir extensamente sobre el tema, porque todos conocemos a alguien que ha pasado por una situación similar, pero yo lo viví ayer en carne propia y si antes andaba atenta y temerosa de los motoristas, ahora me encuentro en modo parálisis. En este país la vida diaria es cuesta arriba, el ciudadano está totalmente desprotegido, y en especial las mujeres. Mi Estado no me protege, de hecho le importa tan poco lo que me sucedió, que aún habiendo escrito a la policía y su vocero por Twitter, ambas cuentas han respondido a otras cuestiones, ignorándome. Pues una rubia casi atracada en Piantini probablemente se lo buscó, por andar en una zona de clase media y sola. Pienso ir a poner la denuncia, aunque mis familiares me han prevenido de que es una pérdida de tiempo. Pero la pondré porque es lo correcto.

Pero lo que subyace detrás de esta criminalidad es la agobiante situación económica de nuestro país. A raíz de lo que me sucedió, un amigo publicó una nota analizando las estadísticas de criminalidad con relación a las reformas fiscales impuestas a este pueblo, sin misericordia, una detrás de la siguiente. Reformas que resultan doblemente insultantes cuando son implementadas para cubrir un hoyo causado por el despilfarro del partido en el gobierno para cubrir sus enormes gastos de campaña. Vamos, que no bailamos en esa fiesta, pero la pagamos nosotros.

Este pueblo no puede más. Como bien mencionaba mi amigo en su nota, el sueldo mínimo no se aumenta desde 2001, sin embargo la canasta familiar incrementó solamente de 2012 a 2013 en un 30% (según los datos más conservadores). Cómo puede nuestro gobierno pretender que con estas simples cifras se pueda sostener la vida en sociedad? Y de verdad cree el presidente que tirando los militares a las calles se puede resolver la delincuencia? Se cree Danilo Medina que la absurda presencia de los militares en el patrullaje pondrá pan en la mesa de los pobres, o les caerá como maná del cielo un empleo digno que les permita vivir sin recurrir al pillaje? Mejorará la presencia de los militares el acceso a los servicios básicos de salud?

Como siempre, nuestros gobernantes se la pasan poniendo parchos y buscando chivos expiatorios. Estamos en una situación económica crítica. Y el gobierno sabe bien que esta olla a presión no se puede sostener en el tiempo. En enero vienen las medidas de la reforma fiscal pospuestas por Danilo cuando la gente el año pasado se levantó a protestar. Y el presidente está consciente que esa gente está dormida, pero despertará cuando le vuelvan a clavar un déficit que quien lo debe pagar es el PLD. Y que cuando la vida se encarezca más, la delincuencia se triplicará. El presidente y el partido en el gobierno saben lo que les va a caer encima.

Y por eso necesitan el “nacionalismo”.

Nada distrae más a un pueblo vapuleado por sus gobernantes que apelar a sus instintos más primarios. Ya decía Américo Lugo en una carta dirigida a Trujillo, escrita en 1936, que tenía la creencia, cada vez más arraigada, de que el pueblo dominicano no constituye nación. Se infiere de su carta que atribuye esto a los efectos de la ocupación norteamericana de 1916 sobre la población. Consideraba que era necesario un historiador de la talla de Tucídides para evocar los sucesos patrióticos de la época de la Anexión, a los fines de “vigorizar la debilitada cepa del presente”. Y ciertamente, yo concuerdo con este insigne historiador, en el sentido de que nuestro país vivió tiempos en los que unos valores y un amor a la patria y a los dominicanos lo unían. Pero luego que ocupaciones, dictaduras, autoritarismo y presidencialismo caudillista se sucedieron, ese nacionalismo de Luperón y Sánchez se ha desvirtuado para ser utilizado en pro de los más viles fines.

Claro ejemplo es el comunicado del presidente del Tribunal Constitucional, Milton Ray Guevara, quien en nombre del tribunal defendió la sentencia 168-13, que despoja de la nacionalidad dominicana a más de 200 mil personas amparadas por el ius solis, llegando incluso a citar una frase de Juan Pablo Duarte: “Los enemigos de la patria, por consiguiente nuestros, están todos muy acordes en estas ideas: destruir la nacionalidad aunque para ello sea preciso aniquilar a la nación entera”.

Esto llevó a la magistrada Katia Miguelina Jiménez a desvincularse de un comunicado que dijo no conocía, y tampoco compartía. Y a propósito expresó: “El Patricio ni deliberó ni votó para dar esa sentencia”.

Y es que ciertamente tenemos una historia turbulenta con nuestro vecino. Nos independizamos de ellos, y por lo tanto es normal que persistan ciertas cicatrices históricas que nos dan en nuestro orgullo. Nos independizamos del país que hoy es el más pobre de nuestro hemisferio. Y para colmo, compartimos isla con él.

Gran responsabilidad tiene la historia que se imparte en las aulas, de exaltar las gestas patrióticas sin incitar al odio. Y bien sabemos todos que los libros de texto con los que aprendimos historia dominicana tienen un sesgo de xenofobia y antihaitianismo que permea las mentes influenciables de los párvulos. Es una irresponsabilidad del Ministerio de Educación mantener una línea de enseñanza trujillista, que instruye a nuestros hijos a odiar, en lugar de educar en tolerancia y celebrar las virtudes de nuestros héroes patrios, para que el aprendizaje sea de mantener nuestra soberanía en un marco de cooperación y cordialidad con un país que siempre estará geográficamente pegado a nosotros.

Pero esa responsabilidad la tienen también las altas instancias gubernamentales, con el Tribunal Constitucional a la cabeza, que no ha recibido de Juan Pablo Duarte ningún endoso para utilizar su nombre y sus frases en sustento de sus sentencias. Aunque internamente el Tribunal Constitucional tiene la última palabra, debe recordar que existen sentencias injustas, que la ley es mutable, y que su rol es el control de la constitucionalidad, y no la supuesta interpretación de la voluntad del pueblo, ni mucho menos de la aplicación en 2013 y a rajatabla, de unos enunciados del siglo XIX fruto de una realidad muy distinta a la actual.

Ciertamente que tuvimos próceres admirables, y ojalá hoy en día surgieran personas con esa calidad moral y humana. Pero muchos de los postulados de la Trinitaria y muchas de las frases pronunciadas por nuestros patriotas se hicieron en ese contexto y no en el actual. Dudo seriamente que siendo nosotros como lo somos hoy una nación libre, se pronunciara Juan Pablo Duarte en los términos que lo hizo respecto de la nación haitiana.

Ayer se celebró una actividad en el parque Independencia, en “defensa de la nacionalidad”. En la misma se acusó de traidores a quienes no apoyan la sentencia del TC, mientras se gritaba “muerte a los traidores”. Eso no es patriotismo. Eso es odio en su estado puro, es xenofobia, es intolerancia, y peor aún es incitación a la violencia. El derrotero que están tomando estos falsos nacionalistas es peligroso. La dominicanidad no debería basarse en el odio a los haitianos, sino en valores que nos unen como pueblo y que nos hacen únicos. Si nuestra identidad no tuviera fisuras y deficiencias este odio no fuera posible, pues al estar seguros de quiénes somos sabríamos que la controlable pero inevitable migración no afectaría nuestros rasgos constitutivos.

Pero saben muy bien los promotores de este falso nacionalismo que el miedo y el odio son rentables, pero que, mejor aún, nos dividen y nos distraen del verdadero problema, que es el déficit, generador de delincuencia, inequidad, desempleo y violencia. Juegan bien sus cartas, y la masa se deja embaucar. Una vez más.

Lo que no dicen, cuando defienden una dominicanidad definida por el Tribunal Constitucional, entre otras cosas, en violación de las reglas de competencia y de las reglas que rigen el recurso de amparo, es que aquí pocos pueden demostrar su linaje cuatro generaciones para atrás. Más aún, omiten mencionar los orígenes de algunos patricios que se verían hoy en día en un serio apuro si tuvieran que demostrar su pertenencia a esa raza dominicana que el TC dice que existe. No mencionan ni por asomo que el padre de Juan Pablo Duarte era español, y su madre hija de padre español; ni que el apellido de nuestro gran Gregorio Luperón era originalmente Duperón, de origen haitiano; ni que la madre de Francisco Del Rosario Sánchez figura como “parda libre”, lo que denota su ascendencia africana; ni que el padre de Juan Sánchez Ramírez era español; ni que Concepción Bona era de origen napolitano y canario; ni que Santiago Rodríguez nació en Cabo Haitiano, de madre haitiana.

No lo dicen porque entonces quedaría demostrado que el patriotismo poco tiene que ver con el origen de las personas, y mucho con los valores y el amor al suelo donde nacemos o vivimos. Porque quedaría evidenciado ese supuesto patriotismo que profesan en toda su falsedad e hipocresía, y porque saben que ellos como personas nunca estarán adornados por las virtudes que exhibieron nuestros próceres, que procediendo de orígenes diversos se unieron por la causa que era justa.

Ellos no pueden decir lo mismo.