Chefchaouene, el reto de las 7 maletas

Aún es 6 de enero, salimos a final de la tarde de Tánger a Chefchaouene: dos horas de carretera de noche, en nuestro primer día en Marruecos. Se convertiría en práctica habitual de este grupo coger carretera de noche, para mayor preocupación y angustia de todos nuestros familiares, si es que lo hubieran sabido, pues convenientemente omitíamos este tipo de información.

En la carretera había puestos policiales a la entrada de cada municipio, razón por la cual cada vez que avistábamos uno yo pegaba todo mi cabello rubio en el vidrio del vehículo, con la esperanza de que no nos pararan al ver que éramos turistas. Funcionó. Mohamed convirtió en práctica avisar con tiempo, para que todos tomáramos la pose más turística posible: yo con mi cabello, Marcos con el sombrero, Helen… chequeando el iPhone.

Llegamos a Chefchaouene cerca de las 8 de la noche, y luego de aparcar en la plaza, Mohamed nos explica que debemos llegar al Riad en el que nos alojaríamos caminando. Ahí comprendemos: es una especie de casco histórico, plagado de piedras y escalones… Y tenemos 7 maletas. Se crea un comisión ad hoc para resolver este grave asunto, y se acuerda pagar a tres “chefchaouecinos” para que nos lleven las maletas.

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Con la seguridad de quien se siente haber tomado una decisión ejecutiva, emprendemos camino hacia el riad, siguiendo a nuestros porteadores improvisados. Pero resulta que no se negoció una parte importante: ellos iban rodando las maletas por callejuelas de peñascos totalmente irregulares, y no nos convenía en lo absoluto quedarnos sin rueditas tan al principio en el viaje. Entre señas y traducciones, y un ataque de pánico generalizado que sentía cada quien por la propia maleta, nos entendimos con ellos de que era necesario cargarlas. Claro, en todo momento pensamos que el riad no podía estar tan lejos y que sería cuestión de algunos pasos hacia dentro del pueblo. Pero no. El trayecto se nos hizo eterno, y supongo que mucho más a los porteadores, que proferían expresiones que sólo puedo asumir no eran demasiado favorables a nosotros. Helen se ganó una mención especial, al subir su maleta de mano al hombro, en una hazaña que le valió ser considerada por nosotros a la altura de cualquier mujer rural mediterránea que sube y baja las montañas cargando de todo.

Finalmente llegamos al riad, donde nos esperaba nuestro primer té de menta. “Bueno, ahora sí”, pensamos. Nos quedamos en un lugar precioso, con exquisitas atenciones, y Mohamed se despidió hasta el día siguiente.

Ni cortos ni perezosos, una vez instalados, salimos a explorar el hermoso pueblo blanco y azul de Chefchaouene de noche. Andábamos tras la pista de los pequeños puestecitos de venta de todo tipo de mercancía marroquí, que apenas vimos de pasada en la odisea de las maletas. Pero la mayoría habían cerrado. Sin embargo, Chefchaouene (o Chaouen) es mágico de noche, iluminado por discretas bombillas que lo hacen resplandecer de una manera única. Y además, lleno de vida nocturna. En cada callejón estaba pasando algo, ya fuera que sacaran la basura para que los gatos se la comieran, o bien que correteara un grupo de niños.

Disfrutamos enormemente pasear Chefchaouene arriba, Chefchaouene abajo esa noche, pensando por momentos que estábamos perdidos. Porque no sabes en este lugar si estás perdido o no. Todas las casas tienen la misma combinación de blancos y azules. Se trata de caminar sin rumbo, doblar por aquí, devolverte por allí, y no enterarte dónde estás, ni mucho menos que te importe. Eventualmente encontrarás tu riad, aunque tampoco hay prisa.

Al día siguiente vimos a Chefchaouene bajo la luz del sol, lo cual sólo contribuyó a aumentar su espectacularidad y nuestras ganas de quedarnos. Negociamos con Mohamed partir después de almuerzo, asumiendo la advertencia que nos hacía de que de nuevo llegaríamos de noche a nuestro próximo destino.

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En el desayuno en nuestro riad, Ibrahim se encargó de hacernos sentir como en casa, tanto que hasta nos puso a Enrique Iglesias de música de fondo, gesto que no tuvimos el corazón de rechazar. Esas explicaciones resultarían demasiado elaboradas. Pero además, nos invitó a regresar a Chefchaouene y hospedarnos en su casa, con su familia. Y se ofreció a llevarnos a visitar las distintas tribus de las montañas. Un ofrecimiento muy generoso, que se repitió varias veces durante el viaje, evidenciando el espíritu de los marroquíes, y sobre todo la hospitalidad de los beréber.

Aprovechamos la mañana para caminar y entrar a las distintas tiendas de artesanías. Nos impresionó un artesano que trabajaba el bronce y el cobre con unos niveles de detalle increíbles. Podemos afirmar con rotundidad que este día comenzó nuestra acumulación de objetos, que incrementaba en cada parada el peso del equipaje.

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Doblamos en una callejuela, y un señor nos insistía que por favor entráramos a su tienda de alfombras y telas, que aunque no compráramos nada nos agradecería que lo recomendáramos. Helen entró inmediatamente, y cuando me asomo para no dejarla sola, no la encuentro. Me llaman desde la trastienda y cuando entro es un herbolario. El dueño comienza a explicarnos de hierbas, raíces y menjunjes, y cuando Marcos se decide entrar a “rescatarnos” nos encuentra enfrascadas oliendo potes. Luego de comprar una hierba indeterminada para aliviar las molestias de mi hernia, y Helen avituallarse de palitos de regaliz y valeriana (“Tú necesitas cosas que te calmen”, le decía el dueño), salimos felices de ahí dentro. Marcos nos espera fuera para regañarnos “por estar oliendo potes que ustedes no saben lo que son”.

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Al final resultó que la oledera de potes no surtió ningún efecto halucinógeno, no sé si para bien o para mal, sino que simplemente tuvimos una fantástica y auténtica experiencia. Pero supongo que Marcos no dejaba de tener razón, a fin de cuentas sólo teníamos un día en Marruecos.

Llegamos a la plaza donde está la mezquita y le digo a Marcos que se asome a ver si se puede entrar. Regresa enfadado conmigo porque una especie de anciano venerable con un cayado en la mano le llamó la atención por acercarse a la puerta. Me dijo que la próxima vez iría yo, lo cual no era para nada una buena idea, pero bueno. Se iba asentando la dinámica grupal.

Aunque retrasamos la partida lo más que pudimos, llegó un punto en que de no irnos a Mohamed le daría un ataque. Pero esta vez yo había visto a un señor durante la mañana transportando mercancías en una carreta, y pedí me ubicaran a tan importante individuo, que estaba destinado a jugar el papel de nuestro salvador en el traslado de las maletas de nuevo hacia el carro. El ilustre caballero, persona de gran valía para cualquier turista impráctico que llegue a Chefchaouene, fue ubicado por un chico que fue contactado por un muchacho amigo de un amigo de Mohamed. Ah, sí, en Marruecos se da mucho este tipo de cadenas de comunicación. Pronto estábamos de nuevo en el carro, de camino a nuestro próximo destino.

Al que nos tomaría 4 horas y media llegar.

De noche.

(Leíste bien, mami?)