Atascados en las dunas del Sáhara (o el día que Jesús Calleja nos rescató)

10 de Enero de 2016 (Segunda Parte)

Después del almuerzo emprendimos camino hacia las entrañas del Sáhara. Allí se veían las montañas que indican la frontera entre Marruecos y Argelia, un recordatorio de lo lejos que estábamos. Pronto dejamos detrás los campamentos beréberes, con sus burros y dromedarios, pasando a un paisaje de arena total. Dunas por todas partes. Estábamos emocionadísimos, disfrutando cada centímetro del desierto que se imponía a nuestro alrededor, y con la expectativa de llegar a nuestro siguiente destino: el punto donde cambiaríamos nuestra yipeta por tres dromedarios en los que subiríamos a una duna a contemplar el atardecer en el Sáhara. Esto, por supuesto, luego de que Mohamed y yo explicáramos a Marcos y a Helen lo que es un dromedario. Que no, que no es un vehículo tipo 4-wheel para andar por la arena. Que no, que no es un camello porque tiene una sola joroba… Y así. Marcos no estaba del todo convencido de montarse en un dromedario, y pedía que no lo estresáramos más de lo necesario.

Absortos como estábamos mirando la inmensidad del Sáhara desde las ventanas de la yipeta, grabando videos y haciendo comentarios como “wow!”, nos tomó un poco de sorpresa cuando el vehículo quedó totalmente detenido. En primera instancia pensé que nos dimos una ‘enchivadita’ que se resolvería pronto, pero cuando vi que Mohamed comenzó a sacar arena de debajo de las gomas decidí apearme.

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Nada que hacer

Marcos y Mohamed comenzaron a intentar sacarnos de la situación, con poco éxito. Yo vi que estábamos en medio de la nada, en un paisaje hermoso, y me pareció ideal para tomarnos fotos. Pero ya hasta Helen sacaba arena. Estaban ambos preocupados. Yo muy tranquila, porque no podíamos quedarnos allí para siempre. Estaba más enfocada en disfrutar y absorber todo lo que me rodeaba. Además, qué buena historia para contar, aquella de que nos enchivamos! Cuando Mohamed hizo una llamada por el celular para que nos fueran a rescatar, supe que no había nada que pudiéramos hacer, y motivé a Helen y a Marcos a que nos subiéramos en una duna a tomarnos fotos.

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Nunca es mal momento para tomarse una foto en el Sáhara

En esas estábamos cuando en el horizonte aparecen tres vehículos tipo rally París-Dahkar, a todo dar, levantando tras de sí una polvareda, y flanqueando a una nuestra yipeta. Mientras nos vamos acercando se apea de los jeeps un crew de filmación completo, con todos sus equipos, y comienzan a grabar la escena. Un hombre rubio y muy en forma se acerca a Mohamed e intercambian impresiones. Inmediatamente acerca su todoterreno y saca su kit de herramientas. Mide la presión de los neumáticos, decide que ahí está el problema, los vacía de aire, saca un winche, se sube en el estribo y comienza a remenear nuestra yipeta, va a su vehículo, hala el nuestro, repite varias veces sus acciones hasta que saca nuestra sobrecargada yipeta del atasco.

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El hombre en acción

 

Mientras este hombre hace todo eso, Helen y yo estamos paradas mirando la escena (y a los chicos del crew). Una única mujer que andaba en el grupo, y que iba vestida para la guerra, miró nuestro atuendo de arriba a abajo e hizo un comentario despectivo (mismo que yo devolví al instante, ocasionando que ella tratara de enmendar su actitud y comenzara a hacerme preguntas estúpidas). Yo aproveché que se acercó uno de los camarógrafos para preguntarle que qué era todo aquello, a lo que él me respondió con cara de pasmo (por mi ignorancia) que el hombre rubio y fornido era nada más y nada menos que Jesús Calleja, el aventurero más famoso de España, que se encontraba en el Sáhara rodando la última temporada de su programa de aventura. “Ah, ya”, respondí. Acto seguido el camarógrafo dice “os haré unas tomas chicas, para que salgáis en el programa”. Y así fue como terminamos metidos todos en un episodio del programa “Desafío Extremo”.

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Pues sí, ese es

Sólo puedo imaginar la escena que encarnábamos. Nosotros en medio del Sáhara atascados, vestidos con un look especial para las fotos, Helen y yo hasta con pintalabios, y con el baúl del carro lleno a tope. Cuando nos preguntaron que cuál era nuestra ruta (claro, al ver estupefactos el baúl) y respondimos que íbamos a dormir en un campamento, nos miraron como bichos raros.

Cuando Jesús Calleja nos hubo sacado, intenté en vano que nos tomáramos una foto con él. Ahora se había atascado uno de los vehículos de ellos, y ya estaba el aventurero manos a la obra. Dimos las gracias, y seguimos nuestro rumbo, no sin antes, por si acaso, informar al grupo dónde nos estaríamos quedando.

Lo interesante de todo esto es el ambiente de solidaridad que existe en este tipo de escenarios recónditos, donde encontrarse con una persona ya es muchísimo. Es normal que las personas se detengan a ayudar si ven a otros en apuros. Por cierto, que a pesar de estar en medio de la nada, de esa misma nada aparecieron dos beréberes a curiosear durante la maniobra de sacarnos de allí (porque siempre, absolutamente siempre, tiene que suceder algo folclórico).

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Los beréberes que salieron de la nada contemplan la escena

Pero la camaradería que se vive en los confines de la civilización es realmente impactante. Es vivir en carne propia aquellos cuentos que has escuchado sobre cómo las personas se ayudan entre sí en situaciones extremas. Afortunadamente, esta no fue una situación extrema, y aunque hoy lo cuento como si todo hubiese transcurrido en 20 minutos, lo cierto es que duramos más de una hora y media enchivados. Casi perdemos la oportunidad de ver el atardecer sobre una duna de las más altas. Pero Jesús Calleja nos rescató a tiempo.

Rumbo a las dunas!

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Sáhara en yipeta

10 de Enero de 2016

Amanecimos en nuestro hotel en Arfoud. Ya de día, pudimos apreciar dónde estábamos. En medio de la nada, en territorio absolutamente árido y sahariano… ¡Qué emoción! Desayunamos copiosamente, ante la incertidumbre de lo que nos depararía un día de sólo desierto, en términos culinarios. Quienes más nos empeñamos en comer en el desayuno fuimos Helen y yo, pues Marcos (recordemos) había amenazado ya con no compartir su compra de Carrefour, la cual seguía rindiendo frutos para él.

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¡Buenos días Arfoud!

Mohamed, siempre puntual y siempre con algún as bajo la manga, nos dijo que le gustaría llevarnos a Rissani, el pueblo más cercano a Erg Chebbi, las dunas en las que terminaríamos nuestra jornada. Nos explicó que era día de mercado, y que podríamos ver un auténtico mercado de pueblo, nada que ver con los zocos de las grandes ciudades. Al mismo tiempo que yo le respondía que sí con mi tono más exaltado, Helen preguntaba qué había ahí, decía que bueno, que está bien… pero, “Mohamed, ahí puedo conseguir un pañuelo beréber? Ok, pues vamos”.

Nos aparcamos como pudimos en el mercado, y comenzamos a adentrarnos. Pero aquí tengo que hacer un paréntesis para poner en contexto qué tan bichos raros parecíamos en un pequeño pueblo rural al borde del desierto. Pues bien, el día del Sáhara era el día estelar para nosotros. Y además sería el día de las mejores fotos. Por lo tanto teníamos planificado todo un look que poco tenía que ver con los aventureros del mítico rally París-Dakar. El asunto es que las fotos en las dunas y en los dromedarios debían quedar bien, a la vez que teníamos que tomar en cuenta las recomendaciones que nos habían dado de llevar capas de ropa que se pudieran poner y quitar según la temperatura. En definitiva, que llevábamos un look de pies a cabeza que hizo que medio mercado de Rissani se volteara a ver a estas dos occidentales entrar a paso firme y con los vuelos de nuestras telas flotando tras nuestro.

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Mohamed y yo adentrándonos al mercado. Yo aún con todas mis capas de ropa.

Lo interesante de estar tan cerca del desierto es que todo es polvo. Te apeas del vehículo y cuando pisas se levanta polvo. El efecto teatral no es nada despreciable, pues caminábamos y dejábamos una estela detrás. Así que hicimos nuestra entrada triunfal en el mercado y comenzamos a explorar con fascinación los puestos de verduras, especias, carne… Un verdadero centro de avituallamiento. Con la fascinación que nos causan estas cosas, Helen y yo nos paramos en el herbolario, donde a ella se le dio a probar un brebaje para la garganta, y se nos dio a oler un asunto que viene en piedrecitas, se echa en agua caliente y destapa no ya las fosas nasales, sino las mismas entrañas. Con nuestras narices destapadas hasta el tuétano, Mohamed tuvo la visión de llevarnos a ver el recinto donde se compran y venden corderos. Como el olor se me metió hasta el estómago, aún lo recuerdo perfectamente. Marcos, como era de esperarse, terminó cargando un corderito que muy amablemente le entregó un local. Mientras él se deleitaba con los corderos, Mohamed, sin que él se enterara, nos explicaba el destino de estos animales.

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Display del herbolario

En el puesto de los pañuelos beréber se armó una gran confusión entre los 4 idiomas en los que intentábamos entendernos: beréber (Mohamed y el tendero), español, inglés y francés. La oferta de colores era demasiado para nosotros, que atacamos la montaña de pañuelos con auténtico salvajismo, buscando el que más nos gustara. Mohamed, para variar, nos dio otra sorpresa cuando nos informó que como él es beréber sabía amarrar el pañuelo. Y nos lo demostró ahí mismo, lo que inmediatamente nos hizo pensar lo bien que quedaríamos en las fotos en las dunas. Luego de rebuscar cada quien salió con su pañuelo. Helen con uno blanco, yo azul y Marcos malva.

Antes de irnos de Rissani Mohamed nos llevó a conocer el “parqueo” de burros del mercado. Evidentemente, la mayoría de los locales llega hasta el mercado en burro desde los poblados aledaños, y se parquea ahí. Todo el mundo sabe exactamente cuál es su burro, aunque para nosotros todos eran idénticos. Recordemos que Helen y yo habíamos olido las sales aquellas, y que el excremento de burro estaba a la orden del día, una combinación no muy recomendable para las fosas paranasales recién destapadas. El parqueo era bastante pintoresco, con los burros conversando entre ellos a rebuzno puro; y aquel mar de jumentos, en el que cada coz levantaba arena, mezclándose con el espejismo del calor, creaba un ambiente totalmente surreal.

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Parte del parqueo de burros en Rissani

Ya en la yipeta, Mohamed anuncia la próxima parada: las Canteras de Fósiles Marinos. Me resulta imposible expresar en palabras lo que sentí cuando lo escuché, pero el corazón me comenzó a palpitar descontroladamente. Nos adentramos en las dunas y llegamos a la cantera. Yo me lancé del vehículo en un ataque de paroxismo, no sabía qué hacer ni por dónde comenzar, no sabía si tirarme en las dunas a llorar de la emoción ante la visión de estas piedras de 360 millones de años. No, no, no… Es que no podía controlarme. Finalmente me fui como zombie caminando a la cantera, me subí en las piedras, me maravillé ante los fósiles visibles en ellas, los toqué, se me aguaron los ojos, me dio calor, me dio frío, me volvió a dar calor, me fui alejando del grupo, me puse a buscar piedras. Nada, síndrome de Stendhal en toda regla. Pero es que, realmente, ver un trilobites de ahí a ahí o un orthoceras, en el lugar mismo en el que quedó fosilizado hace casi 400 millones de años, es demasiado para cualquiera.

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Aunque no lo parezca, estoy a punto de colapsar

Mohamed encontró una piedra suelta con un orthoceras, y al ver cómo yo estaba, me la ofreció. Marcos y yo comenzamos a analizar todo el suelo, encontrando algunos cuarzos, pero luego nos distrajimos analizando las huellas de los animales que salen de noche en el desierto. Particularmente nos fascinó una trama entre una culebra y un ratón del desierto, que había dejado unas huellas que terminaban en caos absoluto.

Cómo logró Mohamed sacarme de ahí? No lo tengo claro. El caso es que volvimos a la yipeta y, para variar, Mohamed nos sorprendió con una parada que nos tenía a Helen y a mí muy expectantes desde el día anterior: los Gnawa, una tribu mística subsahariana asentada en el desierto que conserva sus tradiciones y su música. Llegaron allí a lo largo de los siglos, como esclavos, y hoy son patrimonio de Marruecos, protegidos por el gobierno.

Llegamos al campamento de los Pigions du Sable. Desde fuera se escuchaba la música. Entramos a la tienda y ahí estaban ellos, vestidos de blanco de pies a cabeza, con sus instrumentos típicos, ejecutando esa música mágica y pegajosa. Nos brindaron té, que ya por esas latitudes no era de menta, y arrancaron a tocar. La música iba escalando, hasta que era imposible no remenearse, y como es natural, Helen y yo terminamos bailando y dando brincos con ellos. Claro que les resultó un poco chocante ver dos occidentales con ritmo y ciertos pasitos con golpe de cadera bien africanos. Helen se entusiasmó y cogió una especie de castañuelas de metal que ellos tocan y se unió al combo. En felicidad total, compramos su música, subsidiada por el gobierno, y seguimos la marcha.

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Les Pigions du Sable en acción

Mohamed nos llevó a comer a un lugar típico, donde como siempre comimos bien. Ensalada marroquí y tagine para Helen y para mí, pasta para Marcos. Me tomé lo que pensé sería el último espresso en varios días, saboreándolo hasta el último sorbo, pues esa era mi única preocupación, y emprendimos camino definitivo hacia las entrañas del Sáhara.

En yipeta. Con las 7 maletas y el reguero de paquetes. Camino a un campamento, donde no sabíamos qué esperar ni dónde meteríamos todo nuestro equipaje.

Y así fue como nos enchivamos. Sí, nos enchivamos. Pero esa es otra historia.