Sáhara en yipeta

10 de Enero de 2016

Amanecimos en nuestro hotel en Arfoud. Ya de día, pudimos apreciar dónde estábamos. En medio de la nada, en territorio absolutamente árido y sahariano… ¡Qué emoción! Desayunamos copiosamente, ante la incertidumbre de lo que nos depararía un día de sólo desierto, en términos culinarios. Quienes más nos empeñamos en comer en el desayuno fuimos Helen y yo, pues Marcos (recordemos) había amenazado ya con no compartir su compra de Carrefour, la cual seguía rindiendo frutos para él.

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¡Buenos días Arfoud!

Mohamed, siempre puntual y siempre con algún as bajo la manga, nos dijo que le gustaría llevarnos a Rissani, el pueblo más cercano a Erg Chebbi, las dunas en las que terminaríamos nuestra jornada. Nos explicó que era día de mercado, y que podríamos ver un auténtico mercado de pueblo, nada que ver con los zocos de las grandes ciudades. Al mismo tiempo que yo le respondía que sí con mi tono más exaltado, Helen preguntaba qué había ahí, decía que bueno, que está bien… pero, “Mohamed, ahí puedo conseguir un pañuelo beréber? Ok, pues vamos”.

Nos aparcamos como pudimos en el mercado, y comenzamos a adentrarnos. Pero aquí tengo que hacer un paréntesis para poner en contexto qué tan bichos raros parecíamos en un pequeño pueblo rural al borde del desierto. Pues bien, el día del Sáhara era el día estelar para nosotros. Y además sería el día de las mejores fotos. Por lo tanto teníamos planificado todo un look que poco tenía que ver con los aventureros del mítico rally París-Dakar. El asunto es que las fotos en las dunas y en los dromedarios debían quedar bien, a la vez que teníamos que tomar en cuenta las recomendaciones que nos habían dado de llevar capas de ropa que se pudieran poner y quitar según la temperatura. En definitiva, que llevábamos un look de pies a cabeza que hizo que medio mercado de Rissani se volteara a ver a estas dos occidentales entrar a paso firme y con los vuelos de nuestras telas flotando tras nuestro.

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Mohamed y yo adentrándonos al mercado. Yo aún con todas mis capas de ropa.

Lo interesante de estar tan cerca del desierto es que todo es polvo. Te apeas del vehículo y cuando pisas se levanta polvo. El efecto teatral no es nada despreciable, pues caminábamos y dejábamos una estela detrás. Así que hicimos nuestra entrada triunfal en el mercado y comenzamos a explorar con fascinación los puestos de verduras, especias, carne… Un verdadero centro de avituallamiento. Con la fascinación que nos causan estas cosas, Helen y yo nos paramos en el herbolario, donde a ella se le dio a probar un brebaje para la garganta, y se nos dio a oler un asunto que viene en piedrecitas, se echa en agua caliente y destapa no ya las fosas nasales, sino las mismas entrañas. Con nuestras narices destapadas hasta el tuétano, Mohamed tuvo la visión de llevarnos a ver el recinto donde se compran y venden corderos. Como el olor se me metió hasta el estómago, aún lo recuerdo perfectamente. Marcos, como era de esperarse, terminó cargando un corderito que muy amablemente le entregó un local. Mientras él se deleitaba con los corderos, Mohamed, sin que él se enterara, nos explicaba el destino de estos animales.

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Display del herbolario

En el puesto de los pañuelos beréber se armó una gran confusión entre los 4 idiomas en los que intentábamos entendernos: beréber (Mohamed y el tendero), español, inglés y francés. La oferta de colores era demasiado para nosotros, que atacamos la montaña de pañuelos con auténtico salvajismo, buscando el que más nos gustara. Mohamed, para variar, nos dio otra sorpresa cuando nos informó que como él es beréber sabía amarrar el pañuelo. Y nos lo demostró ahí mismo, lo que inmediatamente nos hizo pensar lo bien que quedaríamos en las fotos en las dunas. Luego de rebuscar cada quien salió con su pañuelo. Helen con uno blanco, yo azul y Marcos malva.

Antes de irnos de Rissani Mohamed nos llevó a conocer el “parqueo” de burros del mercado. Evidentemente, la mayoría de los locales llega hasta el mercado en burro desde los poblados aledaños, y se parquea ahí. Todo el mundo sabe exactamente cuál es su burro, aunque para nosotros todos eran idénticos. Recordemos que Helen y yo habíamos olido las sales aquellas, y que el excremento de burro estaba a la orden del día, una combinación no muy recomendable para las fosas paranasales recién destapadas. El parqueo era bastante pintoresco, con los burros conversando entre ellos a rebuzno puro; y aquel mar de jumentos, en el que cada coz levantaba arena, mezclándose con el espejismo del calor, creaba un ambiente totalmente surreal.

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Parte del parqueo de burros en Rissani

Ya en la yipeta, Mohamed anuncia la próxima parada: las Canteras de Fósiles Marinos. Me resulta imposible expresar en palabras lo que sentí cuando lo escuché, pero el corazón me comenzó a palpitar descontroladamente. Nos adentramos en las dunas y llegamos a la cantera. Yo me lancé del vehículo en un ataque de paroxismo, no sabía qué hacer ni por dónde comenzar, no sabía si tirarme en las dunas a llorar de la emoción ante la visión de estas piedras de 360 millones de años. No, no, no… Es que no podía controlarme. Finalmente me fui como zombie caminando a la cantera, me subí en las piedras, me maravillé ante los fósiles visibles en ellas, los toqué, se me aguaron los ojos, me dio calor, me dio frío, me volvió a dar calor, me fui alejando del grupo, me puse a buscar piedras. Nada, síndrome de Stendhal en toda regla. Pero es que, realmente, ver un trilobites de ahí a ahí o un orthoceras, en el lugar mismo en el que quedó fosilizado hace casi 400 millones de años, es demasiado para cualquiera.

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Aunque no lo parezca, estoy a punto de colapsar

Mohamed encontró una piedra suelta con un orthoceras, y al ver cómo yo estaba, me la ofreció. Marcos y yo comenzamos a analizar todo el suelo, encontrando algunos cuarzos, pero luego nos distrajimos analizando las huellas de los animales que salen de noche en el desierto. Particularmente nos fascinó una trama entre una culebra y un ratón del desierto, que había dejado unas huellas que terminaban en caos absoluto.

Cómo logró Mohamed sacarme de ahí? No lo tengo claro. El caso es que volvimos a la yipeta y, para variar, Mohamed nos sorprendió con una parada que nos tenía a Helen y a mí muy expectantes desde el día anterior: los Gnawa, una tribu mística subsahariana asentada en el desierto que conserva sus tradiciones y su música. Llegaron allí a lo largo de los siglos, como esclavos, y hoy son patrimonio de Marruecos, protegidos por el gobierno.

Llegamos al campamento de los Pigions du Sable. Desde fuera se escuchaba la música. Entramos a la tienda y ahí estaban ellos, vestidos de blanco de pies a cabeza, con sus instrumentos típicos, ejecutando esa música mágica y pegajosa. Nos brindaron té, que ya por esas latitudes no era de menta, y arrancaron a tocar. La música iba escalando, hasta que era imposible no remenearse, y como es natural, Helen y yo terminamos bailando y dando brincos con ellos. Claro que les resultó un poco chocante ver dos occidentales con ritmo y ciertos pasitos con golpe de cadera bien africanos. Helen se entusiasmó y cogió una especie de castañuelas de metal que ellos tocan y se unió al combo. En felicidad total, compramos su música, subsidiada por el gobierno, y seguimos la marcha.

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Les Pigions du Sable en acción

Mohamed nos llevó a comer a un lugar típico, donde como siempre comimos bien. Ensalada marroquí y tagine para Helen y para mí, pasta para Marcos. Me tomé lo que pensé sería el último espresso en varios días, saboreándolo hasta el último sorbo, pues esa era mi única preocupación, y emprendimos camino definitivo hacia las entrañas del Sáhara.

En yipeta. Con las 7 maletas y el reguero de paquetes. Camino a un campamento, donde no sabíamos qué esperar ni dónde meteríamos todo nuestro equipaje.

Y así fue como nos enchivamos. Sí, nos enchivamos. Pero esa es otra historia.

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Ampliando la información (Puerta del Conde, parte 2)

No soy historiadora, ni restauradora, ni arqueóloga ni arquitecta. No soy experta en ninguna de esas áreas. A lo más que puedo aspirar es a ser una adicta perdida de la historia y la arqueología, que eran las carreras que quería perseguir y no lo hice. Cuando viajo, especialmente por Europa, lo que más me apasiona es visitar museos, castillos, fortalezas, ruinas de todo tipo. Y duro una eternidad frente a cada vasija encontrada, aunque sólo se haya rescatado una esquinita y haya que imaginarse el resto. Pocas cosas me hacen más feliz que saber que el castillo o la iglesia a la que estoy ingresando tiene una audioguía (“cuánto es?, déme una en castellano!”), la cual escucho completa, para gran mortificación de algunos de mis ocasionales acompañantes de viaje, que recurren a métodos muy diversos, como sacarme los pies o darme gabela. Aviso anticipadamente que jamás de los jamases me acompañen a la Galleria Degli Uffizi de Florencia, si no quieren perder el día.

Pero como no tengo un título en esa área del conocimiento que me dé la propiedad requerida para hacer afirmaciones rotundas, me he tomado la molestia y el tiempo en investigar un poco sobre la Puerta del Conde, las edificaciones de la época, y los procedimientos de restauración actuales. Por qué lo hice? No solamente por la indignación que me causó el empañete, sino también porque esa adicción que tengo me ha llevado a visitar una cantidad significativa de monumentos históricos restaurados, y aunque yo sepa poco de eso, de tanto andar entre piedras centenarias en latitudes con conciencia de preservación del patrimonio histórico, tengo un concepto básico de cómo se restaura y cuándo un trabajo de restauración está bien hecho.

Andan circulando fotos en blanco y negro de la Puerta del Conde empañetada. Algunos han utilizado estas fotos como argumento de que o bien en su origen la puerta estuvo empañetada, o bien al haberlo estado en algún momento lo que se hizo ahora es rescatar dicho momento. Creo en el valor histórico de esas imágenes, pero no creo que las mismas deban ser el soporte de la decisión tomada por el Estado para empañetar. Más bien forman parte de la memoria que debe ser conservada.

En el primer aspecto, la foto no puede sustentar que originalmente la Puerta del Conde lucía empañetada, puesto que fue construida en 1543, época en la que, sobra decirlo, la fotografía no existía. La cuestión que sí queda pendiente es si el empañete era la opción recomendable.

Intentando ser lo más concisa posible con lo que he encontrado, comenzaré con algunos datos históricos.

La Puerta del Conde, originalmente Fuerte San Genaro, comenzó a construirse en 1543 para proteger a la ciudad de Santo Domingo de los ataques corsarios. Fue modificada en 1655 para defenderla del sitio a la ciudad por parte de los ingleses. De ahí proviene su actual nombre, en honor al Conde de Peñalva, quien comandó las tropas que resistieron y repelieron el asedio. La Puerta del Conde es un exponente de la fortificación abaluartada o traza italiana del siglo XVI. Este es un tipo de fortificación de origen italiano que surgió para contrarrestar las nuevas armas de artillería francesa cuando este país invadió la península itálica. Se caracteriza por muros defensivos más bajos, construidos con materiales que absorbían mejor el impacto de la artillería (piedra, arena y ladrillos). Como novedad arquitectónica importante, estas fortificaciones incorporan los bastiones y los revellines.

Este tipo de fortificaciones italianas fue adoptado por el resto de los países europeos en el siglo XVI, entre ellos España, y utilizado de forma generalizada durante los siguientes 300 años.

Cuando durante la segunda década del siglo XVI proliferaron los ataques de corsarios y piratas en el Caribe, el Consejo de Indias ordenó que se fortificaran todas las poblaciones costeras (1526). Esto explica la fecha de inicio de los trabajos de construcción de nuestro Fuerte San Genaro. Sin embargo, estas fortificaciones eran costosas para la colonia y su finalidad era eminentemente militar (que no estética).

Yo personalmente no puedo afirmar rotundamente que la fortificación original no tuviera empañete. Lo sospecho precisamente porque empañetar toda una ciudadela (como también se conoce a estas fortificaciones) supondría un costo muy elevado. La segunda razón que me lleva a arribar a esa conclusión es que ninguna de las fortificaciones abaluartadas que he visitado muestran empañete. He visto, sí, rellenos de material en zonas deterioradas con peligro de ceder y poner en riesgo la estructura.

Para formarme una mejor opinión seguí buscando información sobre restauración, y me encontré con los criterios de intervención de materiales pétreos del Instituto del Patrimonio Histórico Español (http://ipce.mcu.es/pdfs/CriteriosMaterialesPetreos.pdf). Quizás mi ignorancia de los términos más técnicos de los trabajos de preservación y restauración me hace perderme de algo, pero no encuentro por ningún lado que se recomiende hacer un empañete completo.

Para no aburrir, destaco en primer lugar que sólo la enumeración de los estudios preliminares recomendados ocupa más de una página, y por lo que leo, se toman sus buenos meses mínimamente en ser llevados a cabo. Luego de los estudios preliminares se debe hacer una limpieza del monumento, cuya tecnología debe basarse en los estudios previos. Además, debe realizarse una prueba previa de limpieza en una porción del monumento, para comprobar que el método elegido es el idóneo. Por cierto que la limpieza es irreversible, por eso se considera que no debe realizarse si puede causar daños a la superficie que se pretende preservar. Luego de la limpieza se debe hacer un proceso de desalinización, ya que las sales son sumamente nocivas para la piedra.

A continuación viene el paso que me parece más relevante, que es el de consolidación. La consolidación busca restituir la cohesión superficial de la piedra, y debe evitarse al hacerlo la formación de películas superficiales. Un requisito previo de la consolidación es que debe seguir el principio de mínima intervención, reduciéndose a las zonas que lo requieran. Pero no conforme con ello, este importante manual de criterios de intervención señala que los productos empleados no deben alterar en ningún caso las características estéticas y cromáticas de la obra. Puedo seguir, puesto que también en este paso se deben hacer pruebas en áreas pequeñas con el producto que se va a utilizar en la consolidación, con un margen de tiempo (de antes y después) para determinar si el mismo es impermeable al agua, pero permite la salida del vapor. Similar proceso debe seguirse con el tratamiento de protección, con la diferencia de que este se aplica al conjunto completo de la zona afectada. Pero al igual que la consolidación, este procedimiento no debe alterar la estética ni la cromática.

Sobre los tratamientos de acabado, se “evitarán los tratamientos de acabado orientados a restablecer la unidad cromática de la obra, que supongan intervenir directamente sobre la superficie original y que tengan una única justificación estética”.

Todos estos pasos deben ser realizados por restauradores especializados, debido al alto riesgo de irreversibilidad de las tecnologías y los químicos utilizados. Pero además este “documento-manual” español establece que todas las decisiones, desde la planificación hasta la ejecución, las tomará un equipo interdisciplinario.

Yo me pregunto si todos los estudios preliminares se realizaron, si se hizo la limpieza (y de haberse hecho si se realizó primero una prueba), y si todo esto lo decidió un equipo encabezado por el Ministerio de Cultura y su Dirección de Patrimonio. Pero la pregunta más importante es si a alguien se le ocurrió tirar páginas para la izquierda. Y si la respuesta es que sí, que se informaron, que investigaron, entonces yo quiero una respuesta a por qué se decidió hacer un tratamiento de acabado cuando en restauración de superficies pétreas el mismo no es recomendable. No porque lo opine yo, por suerte, sino los que saben.

Y para ir más allá sobre el por qué de mi postura y de mis conclusiones, me permito compartir las imágenes de diversas fortificaciones abaluartadas o ciudadelas coetáneas y pertenecientes a la misma escuela arquitectónica que la Puerta del Conde, tal y como se encuentran hoy en día.

Fortaleza Abaluartada de Almeida, Portugal – S. XVII (Fuente: http://www.siempredepaso.es/2012/09/la-fortaleza-abaluartada-de-almeida.html)

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Baluarte de San Carlos, México – S. XVII (Fuente: http://www.flickr.com/photos/campeche-travel/6852580339/in/photostream/)

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Baluarte San Felipe, Cuba – S. XVI (Fuente: http://www.ohch.cu/articulos/castillo-de-la-real-fuerza–primera-fortaleza-abaluartada-de-america./)

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Fortaleza L’Aquila, Italia – S. XVI (Fuente: http://tantowines.com/category/destination-abruzzo)

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Fortificación de Valencia de Alcántara, España – S. XVII (Fuente: http://moisescayetanorosado.blogspot.com/2013/11/valencia-de-alcantara-pura-raya.html)

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Y finalmente mi favorita:

Ciudadela de Jaca, España – S. XVI (Fuente: http://www.rural-pyrenees-guide.com/aragon-culture.html)

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