Bitácora farragosa

24 de febrero de 2015:

Kâmpûchéa!

Cambodia fue sin duda uno de los lugares más especiales que visité en el Sudeste asiático. Dejé un pedazo de mi alma allá. Y eso, que la primera impresión no fue demasiado grata.

Nuestro vuelo de ida de Bangkok a Siem Reap no sólo contaba con la distinción de ser de Air Asia, a menos de un mes del accidente de su último avión, y cuando todos los días las noticias recordaban los esfuerzos de ubicación de la caja negra y los cadáveres. Resulta que se retrasó por cerca de una hora debido al “clima”.

Una vez en el avión, en lo que puedo catalogar como un buen vuelo, nos entregaron tres formularios distintos que debíamos llenar para entrar a Cambodia. Cuando aterrizamos en un aeropuerto vacío, el avión se estacionó al final, a lo que pensamos que probablemente nos iban a dejar ahí porque estaba más cerca de la entrada. Evidentemente descendimos por una escalera hacia la pista, donde resultó que teníamos que caminar bajo el sol tropical camboyano, hacia el otro extremo del aeropuerto vacío. Ok. Una vez llegamos a la “puerta”, un oficial nos entregó un cuarto formulario que teníamos que llenar antes de entrar, ahí en una terracita sin mesas ni sillas ni nada. Se armó el molote de pasajeros cogiendo el formulario, sacando lapiceros, apoyándose donde podían, todos desesperados por entrar al fresco.

Una vez en migración el oficial cogió los cuatro formularios, ni los miró y los puso a un lado. Durante el proceso me fijé que cada casilla de migración custodiaba una pila de pasaportes camboyanos (será que los ciudadanos no pueden portar su pasaporte?).

Una vez superada la etapa de entrar a Cambodia comencé a absorber este nuevo país que visitaba. Siem Reap está detenido en el tiempo. Las edificaciones con terminaciones de caoba oscura, los abanicos de techo, los tuk tuk artesanales. Todo parece de otra época.

Angkor

Angkor

Es un país sumamente pobre, dilapidado por todos. Fue colonia francesa (parte de la Indochina) hasta el 1953, estuvo involucrada en la Guerra de Vietnam, y en 1975 los Jemeres rojos tomaron el poder. Bajo el mando de Pol Pot, entre 1975-1979 se ejecutó el genocidio camboyano, en el que cerca de dos millones de camboyanos murieron a causa de las políticas de exterminio del régimen. La historia triste de este pueblo no termina ahí. A partir de la caída de los Jemeres rojos se desató el conflicto con Vietnam, el cual se extendió hasta 1991.

Pero como si todo esto no fuera lo suficientemente trágico, Cambodia es uno de los países del mundo con mayor cantidad de minas antipersonales. El ejército norvietnamita colocó las primeras minas en Cambodia en el 1967, y continuó la práctica durante toda la Guerra de Vietnam. Los Estados Unidos respondieron colocando minas incluso en territorio neutral camboyano. El conflicto guerrillero de los Jemeres rojos continuó la práctica de sembrar minas antipersonales por parte de ambos bandos. Una vez en el poder los Jemeres rojos colocaron minas a lo largo de las fronteras con Vietnam y Tailandia, convirtiendo al país en lo que se llamó una “prisión sin paredes”. Cuando cayeron los Jemeres en 1979 la guerrilla continuó, y con ella la siembra de minas. A partir de 1985 millones de minas fueron colocadas a lo largo de la frontera con Tailandia. Uno de los episodios más notorios de siembra de minas ocurrió luego de la retirada de las tropas vietnamitas en 1989, donde el gobierno colocó una gran cantidad de minas para frenar las fuerzas de resistencia en la frontera tailandesa, mientras los grupos rebeldes lanzaron una ofensiva sin precedentes, sembrando minas en todo el territorio. Incluso luego de las elecciones de 1993, tanto el gobierno como los Jemeres continuaron sembrando minas antipersonales.

Durante las tres décadas de siembra de minas antipersonales en Cambodia, se convirtió en una práctica habitual crear campos minados mucho más densos de lo “necesario”, no sólo en los campos de batalla sino también en comunidades y poblaciones civiles. Como generalmente no se elaboraban mapas de localización de las minas, muchas veces los grupos sembraban minas en terrenos ya minados. La temporada de lluvia mueve o entierra las minas, lo cual complica aún más el trabajo de localización.

De 1992 a 2012 el Cambodian Mine Action Centre (CMAC) ha localizado y removido 2,308,228 minas antipersonales. DOS MILLONES! Considerando que se estima que fueron colocadas cerca de 10 millones de minas, todavía queda mucho camino por recorrer. Cambodia es el país con mayor mortalidad anual a causa de estas minas: hasta 2005 el promedio de muertes anuales era de 900, ese número ha ido disminuyendo y actualmente promedia 100 (una cifra todavía muy elevada). Se estima que aun hay cerca de 3 millones de minas antipersonales enterradas. Es muy triste saber que el 25% de las víctimas son niños. Pero no hay que leer estos reportes. Andar por Siem Reap basta para ver víctimas que han perdido extremidades a causa de las minas.

Hoy Cambodia es un país sumamente pobre, más pobre que nosotros. Su PIB per cápita es de US$2,776.

Sin embargo, este país tuvo su época dorada a partir del siglo IX, cuando Jayavarman II fundó el Imperio Jemer, que sobrevivió durante 600 años. Durante su periodo de mayor apogeo el imperio Jemer dominó el territorio de la actual Cambodia, la zona oriental de Tailandia, el sur de Laos y la parte meridional de Vietnam. El imperio Jemer fue el más extenso del Sudeste asiático durante el siglo XII. Su capital, Angkor, era en ese momento la más grande del mundo, con una población estimada de un millón de habitantes.

Visitar Siem Reap, donde se encuentra Angkor, es sumergirse en los contrastes de Cambodia. Entre la pobreza, la deforestación, la tragedia humana de un pueblo que ha sufrido tanto, se esparcen infinidad de templos que son ellos mismos el reflejo de los vaivenes de la historia: desde un graffiti vietnamita en una pared de Banteay Samre, hasta el aparente abandono de Preah Khan, donde las raíces de los gigantescos árboles han levantado los cimientos y se han apoderado del templo. Desde la destrucción de las figuras de Buddha en templos que se pasaron al hinduísmo, hasta un reciente y fallido intento de limpieza que dañó los murales del s. XII en Angkor Wat. Dije aparente abandono pues la religión hindú cree en el animismo, de manera que esa penetración de la jungla en los templos forma parte de la vida de los mismos. Concepto que no fue comprendido por los primeros exploradores franceses, que consideraron a los camboyanos seres primitivos que dejaron “perder” sus templos.

Ta Prohm

Ta Prohm

Visité nueve templos, cada uno fascinante por su propio mérito, cada uno hermoso e imponente, cada uno mágico, místico, especial y único.

Hay muchos más, y podría pasarme la vida conociéndolos. Pero no todos son accesibles, no todos han sido intervenidos para su preservación. Algunos sólo pueden ser visitados a pie pues se encuentran sumergidos en jungla. Otros son peligrosos pues están en campos minados. La riqueza monumental de Siem Reap es inconmensurable.

Me siento extremadamente afortunada de haber estado allí ahora. En un momento en que todavía resulta “extremo” ir a Cambodia e internarse en los templos menos visitados. Cuando la mayoría no están acondicionados para visitas, no se han tomado las más mínimas medidas de seguridad, por lo que pude pasearme por rincones donde pronto se prohibirá la entrada (ya se han contado par de muertes de turistas). Lo viví íntegramente, en el presente, sacando provecho de la crudeza y de lo silvestre de estos templos.

El efecto que ese lugar causó en mí es imposible de expresar con palabras. Algún día volveré. Estoy segura.

Photo Jan 24, 12 03 24 PM

 

3 de febrero de 2015:

KELUAR!

El barco atracó en Bandar Seri Begawan, la capital de Brunei Darussalam. Fue nuestra segunda parada en Borneo, una isla que me dejó fascinada. Pero realmente Brunei no tiene nada que ver con Sabah ni Sarawak (al menos en mi experiencia).

Recientemente Brunei adoptó la Sharia (ley islámica que establece castigos como la lapidación, desmembramiento o los azotes). Es el primer país del sudeste asiático en imponerla. Se nos advirtió que es obligatorio en Brunei vestir de manera “modesta”, con las piernas y los brazos cubiertos. Por lo tanto, con pronóstico meteorológico de 34 grados centígrados y soleado, probabilidad de precipitación de 0%, procedí a ponerme jeans y camisa con mangas largas (ah! el absurdo de los códigos de vestimenta que no toman en cuenta el clima).

Bandar Sergi Begawan, reitero, no parece estar en Borneo. Más bien parece una tajada de alguna ciudad de la península arábiga incrustada a la fuerza en el medio de Sarawak. Calles sin árboles inundadas por un sol realmente inclemente. Edificios oficiales macizos, con ventanas pequeñas. Cuadras infinitas, distancias imposibles de caminar con el maldito calor (no hay otra forma de catalogarlo).

Sin entrar en la historia, valga mencionar que el sultanato es bastante antiguo, y controlaba prácticamente todo Borneo en el siglo XV. Fue perdiendo territorio hasta quedar reducido a un área de menos de 6 mil kilómetros cuadrados, pero con petróleo. El sultán de Brunei es considerado el hombre más rico del mundo, y Brunei es nada más y nada menos que la quinta nación más rica.

Pero, a simple vista, cuesta creerlo. Sí, la mezquita Sultan Omar Ali Saifuddien impresiona, con su domo de oro puro. Igual que la mezquita del sultán actual, con sus 29 cúpulas también de oro. Cuesta, sobre todo, porque al lado del lujo la pobreza campea a sus anchas, a pesar de que el PIB per cápita sea de US$50,000.

Las infraestructuras urbanas realmente no impresionan, en comparación con otras ciudades asiáticas con crecimiento económico constante. Quizás esperaba ver que las riquezas del petróleo se tradujeran en inversión municipal y social, tipo los despliegues de Dubai. Pero esa ilusión se me fue rápido, pues apenas llegué entré al “centro comercial” porque necesitaba ir al baño. Una señora en un escritorio afuera de la puerta me indicó que tenía que pagar 0.20 centavos de dólar de Brunei para entrar, con lo que supuse que iba a ser tremendo baño. Pero me encontré con el inesperado hoyo en el piso con dos barras para uno agarrarse en lo que se agacha, típico de Asia, pero que cada día se ve menos, y generalmente te lo encuentras en zonas más rurales o con poco turismo. Pero… en un “mall” en Brunei, un hoyo en el piso? OK…

Valió la pena visitar las dos mezquitas, que aunque yo juraba que no podía estar vestida más modestamente de lo que estaba, y consideraba que ya era bastante suplicio estar sudando como jamás en la vida debajo de los jeans, la camisa, las medias y los tenis, para entrar a ellas tenía que poderme una batola negra como de taffeta. Que si no era taffeta era lona, pero de seguro la tela más calurosa que pudieron encontrar para que las mujeres infieles y curiosas nos cubriéramos. Pero debo decir que todos fueron muy amables, y en ningún momento noté recelo. Nos permitieron entrar o asomarnos a las mujeres a todas las áreas de las mezquitas e incluso apareció uno que otro que se enorgullecía en explicarnos cada detalle.

El palacio del sultán no se puede visitar. Tampoco se puede ver. Te llevan a una de las entradas enrejadas, y desde ahí dizque te asomas pero apenas se ve la parte superior de una cúpula entre los árboles del jardín.

Pero la experiencia más memorable en Brunei fue visitar Kampong Ayer, que es el barrio construido encima del río. Nuestro yolero, luego de hacer el recorrido, nos invitó a su casa. Es un barrio pobre, con casas elevadas en pilotes, que se conectan entre sí por muelles. Viven cerca de 30,000 personas, y tienen varias escuelas, colmados, bomberos, etc. El gobierno ha hecho esfuerzos para reubicarlos, pero ellos no quieren mudarse a tierra firme, sobre todo por los costos de la tierra. Fue sumamente interesante visitar una casa y ver cómo viven. Muy similar a las “longhouses” de algunas tribus de Borneo: una casa para una familia con varios núcleos. Sorprende el tamaño de algunas, que se han ido expandiendo a través del tiempo.

Kampong Ayer

Kampong Ayer

La sala de la casa la presiden sendos retratos del sultán y su primera esposa. En las paredes, con las fotos y diplomas familiares, se mezclan fotos de la familia real en momentos especiales. No pregunté si era obligatorio, pues nos instruyeron en no hablar del sultán salvo para decir algo positivo. Y con la Sharia en pie, no me apetecía mucho salir en un episodio de “Presos en el Extranjero”, o buscarle un problema al yolero y su familia. Nada, que cuando me dijo que el sultán está muy bien de salud le dije “ah, qué bueno!”, y cuando me enseñó el retrato de la sultana expresé admiración hacia la elegancia de la señora. Ese lío no es mío.

A pesar de las advertencias que se nos hicieron sobre el comportamiento que debíamos mantener en Brunei, vi una buena cantidad de hombres fumando (que está prohibido), mujeres manejando, muchas niñas en la escuela, y en general un ambiente de tolerancia hacia los extranjeros o locales no musulmanes. Si existe inconformidad o disidencia, por supuesto no lo vi. Creo que los bruneanos conservan ese espíritu malayo que rebosa amabilidad y generosidad.

 

2 de febrero de 2015:

En Tailandia gobierna una junta militar, presidida por un Primer Ministro. Dieron un golpe de Estado en marzo del año pasado e instauraron la ley marcial y la censura. Los opositores que se pronuncian públicamente son llamados a capítulo. La junta anunció que a aquellos que sean llamados a capítulo 3 veces se les retirará su pasaporte, se les congelarán sus activos y se les prohibirá realizar transacciones bancarias.

Todo esto como parte de las reacciones de la junta por las declaraciones de un alto diplomático estadounidense en su visita la semana pasada a Tailandia, durante la cual también se reunió con algunos representantes de la oposición. Al parecer, éstos expresaron preocupación por el retroceso de la democracia tailandesa, y por los recortes en libertades civiles y políticas.

La junta entiende que las declaraciones tanto del enviado norteamericano como de los líderes de oposición son provocaciones. En el caso de los locales, sujetas a ser penadas severamente.

La ley marcial establece que cualquier agente de policía, en cualquier momento, puede detener a cualquier persona que según su criterio se esté comportando de manera subversiva. Uno de los opositores fue escoltado por la policía fuera de un restaurante por exhibir una camiseta roja.

El primer ministro ha declarado que Tailandia no necesita democracia, sino orden y paz.

La junta considera el uso de camisetas rojas como un atentado a la dignidad de la nación; considera las declaraciones de los opositores como atentados a la dignidad de la nación; considera el mensaje del diplomático estadounidense un atentado a la dignidad de la nación. La junta, según mi limitada apreciación, se reserva el derecho de definir en qué consiste la dignidad de la nación, y cuándo la misma está siendo amenazada.

No conozco lo suficiente el funcionamiento de la sociedad tailandesa como para emitir una opinión sobre el modelo de gobierno que necesita ese país. Sólo me aventuraría a ser partidaria de la autodeterminación.

Pero la recurrencia de la retórica, respecto a la “dignidad de la nación”, no pudo menos que evocarme similitudes con ciertos sectores que en nuestro país se erigen en dueños y defensores de la dignidad de nuestra nación.

Y me pareció hasta cómico, si no fuera porque esos dementes desatan las pasiones e instintos más bajos y primarios de la población, que se hable de dignidad de una nación.

Cómo es eso de que una nación, una cosa intangible, dizque tiene dignidad? La dignidad la poseemos los seres humanos. Y aún así sigue siendo demasiado subjetivo, sobre todo cuando permitimos que sea otro fulano que defina tal dignidad.

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