Una noche en el Sáhara

10 de Enero de 2016 (Tercera Parte)

Una vez rescatados del atasco en las dunas, continuamos nuestro camino desierto adentro hasta donde nos esperaba Mustafá con los dromedarios. Casi perdemos la oportunidad de ver el atardecer, por el retraso que supuso habernos enchivado, pero afortunadamente llegamos a tiempo. Mientras más inminente se hacía el momento de subirnos a los dromedarios, más le sudaban las manos a Marcos. Como nada se podía dejar a la improvisación, ya los roles estaban definidos: Marcos en el dromedario que iría delante, con un selfie-stick para grabar y tomar fotos de los tres. Helen en el medio, y yo detrás con mi cámara para también tomar fotos y grabar toda la comitiva. Yo recordaba el papel de cada quien, pero Marcos me decía que no lo presionara, que estaba nervioso. Pidió que por favor nos subiéramos nosotras primero en los dromedarios para él sentirse más seguro.

Llegamos donde Mustafá, quien en medio minuto deshizo todos los planes. Pero antes que nada pedimos a Mohamed que nos amarrara en la cabeza los pañuelos beréber al modo tradicional. Eso si fue un éxito para las fotos. A continuación Mustafá ordenó a Marcos que se subiera en el último camello, a lo que nadie, ni Marcos, rechistó. Y ya ahí se desorganizó todo, porque Marcos era que llevaba el selfie-stick, y quedó de último. Luego el propio Mustafá decidió que Helen iría en el medio y yo delante. Bueno, ni modo, vamos arriba. La emoción era demasiado grande. Nos acomodamos cada quien en su joroba, y puedo decir que los primeros 5, hasta 10 minutos, no hay problema. Pero después de ahí la joroba… Bueno!

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Con todo y pañuelos

Emprendimos el camino, y Marcos no tardó en tranquilizarse, porque un dromedario es como un ‘chongo’ de Jarabacoa. Comenzamos dunas arriba, dunas abajo, mientras la brisa soplaba cada vez más y el sol empezaba a ponerse. A los pocos minutos de camino, cuando ya Marcos estaba aclimatado a su dromedario, escucho detrás mío unos gritos. Los dromedarios de Marcos y Helen se habían desamarrado del mío y se habían quedado inmóviles, causando pánico entre la concurrencia.

Llegamos finalmente a la duna alta donde veríamos el atardecer, y descabalgamos (o descamellamos, yo qué sé). Mustafá nos dice que debemos subir y ahí es que por primera vez comprendemos lo difícil que es subir una duna. Tuvo Mustafá que remolcarnos a Helen y a mí de la mitad de la duna hasta la cúspide. Ahí él tendió unas mantas beréberes para que nos sentáramos, y nos instalamos los cuatro a ver caer el sol. Qué espectáculo! Sencillamente indescriptible.

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Puesta de sol en el Sáhara

Hicimos silencio mientras contemplábamos el horizonte y escuchábamos el sonido del viento. Aquello habrá durado alguna media hora, y una vez puesto el sol Mustafá nos bajó a Helen y a mí de la duna tipo yagua en una de las mantas. A Marcos nada, que es que esos beréberes son enamoradizos. Nos montamos de nuevo y arrancamos hacia el campamento donde pasaríamos la noche.

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Los chicos esperándonos

Ya oscuro vimos unas luces de fogata y Mustafá nos informó que ese era nuestro destino. Yo estaba mentalizada de que esa sería probablemente la noche más difícil del viaje, y que pasaríamos algo de trabajo, pero cuando vi el campamento a lo lejos me sorprendió en primer lugar su tamaño. Aunque había visto en fotos que tenía lavamanos, estaba preparada para que hubiese una letrina, que fuera incómodo, que durmiéramos en literas rústicas, que comiéramos mal, etc., pero todo valía la pena con tal de pasar una noche en el Sáhara. Mientras más nos acercábamos más acogedor se veía todo.

Finalmente llegamos y nos recibió Moha, una de las personas más agradables de todo el viaje, honor difícil de conseguir en un país donde todo el mundo es amable. Nos estaba esperando con una cava fría, que surtió el inmediato efecto de ponernos en onda eufórica y pensar “ya sí llegamos donde es!”. El campamento, llamado Kam Kam Dunes, superó todas nuestras expectativas. Era simplemente hermoso. Nos indicaron dónde estaban nuestras tiendas, y nos llevaron nuestro equipaje, que ya Mohamed había dejado allá en la tarde. Imagínense, tres locos con 7 maletas en el desierto. Fue la única noche en la que estuvimos absolutamente solos, sin Mohamed a nuestro alcance si acaso lo necesitábamos. Y nunca nos importó ni nos preocupó. Estábamos felices.

 

Nuestras tiendas tenían lavamanos, inodoro y ducha! Una cama con dos edredones nórdicos, y todo arreglado con un gusto exquisito. Moha nos preguntó a qué hora queríamos cenar, y pedimos a las 8:30. Había solamente otra pareja en el campamento, unos aburridos que cenaron temprano y se retiraron, dejándonos el campamento para nosotros. Cuando nos tomamos la primera botella de cava, Helen emocionada mandó a descorchar otra. Y luego otra, y luego otra. Yo sólo pensaba: “aquí se nos irán todos los dirham, pero ya ni modo, déjame disfrutar y beberme la cava”.

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Arrancamos!

De repente, mientras tomábamos y nos calentábamos en la fogata, apareció Yusef, el propietario. Un personaje digno de su propia historieta. Un beréber políglota que inmediatamente entabló conversación con nosotros. Al rato, Moha y el resto de los beréberes del campamento (algunos cinco) salieron con instrumentos a tocar música típica alrededor de la fogata. Aquello fue épico. Helen y yo, cava en mano, comenzamos a bailar y dar brincos en lo que ellos tocaban. Todo un frenesí. No pudo ser un momento más especial, en un campamento en medio del desierto, bailando música beréber.

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Restos de nuestra fiesta a la mañana siguiente

La cena, exquisita, la acompañamos de vino de Meknes, que es el vino tinto que aparece en Marruecos. Como todos sabemos, Marruecos no es conocido precisamente por sus vinos, pero cuando eso es lo que hay… es lo que hay. Nos bajamos el vino, que después de la primera copa no pica tanto en la garganta, y Helen le pidió a Moha que guardara la cava que quedaba para la mañana siguiente.

Antes de irnos a dormir nos quedamos un rato fuera contemplando la vía láctea. Nunca he visto un cielo así. Todo, absolutamente todo, era impresionante.

Imbuidos ya del espíritu beréber, dejamos nuestros celulares cargando en la tienda principal, que era donde había paneles solares, y Helen dejó allí hasta su cartera, porque el ambiente era de total confianza y camaradería. Cuando nos fuimos a acostar Helen y Marcos se empeñaron en quedarse fuera esperando ver una estrella fugaz, que Helen alega finalmente haber visto, pero que en definitiva nadie sabe si la vio o fue el efecto de la cava y el vino de Meknes. Una estrella fugaz y un estrellón en la arena después, Helen finalmente decidió que ya estaba bueno. Dormimos mejor que en cualquiera de los hoteles donde nos quedamos, metidas en nuestros edredones y con dos botellas calientes que Moha nos preparó para que no pasáramos frío (recuerden que las noches en el desierto son muy frías).

Al día siguiente nos levantamos (y hasta nos duchamos!) en aquel lugar espectacular. Helen salió primero, y cuando yo llegué al desayuno (copioso y muy variado), ya ella había enseñado a Moha a hacer mimosas con la cava que había quedado de la noche anterior. Desayunamos afuera, con una vista fantástica, ya de día, de las dunas Kam Kam, que según nos explicó Moha se llaman así porque son gemelas. Yo no podía pedir más nada. Bueno, sí a decir verdad, me hacía falta un espresso. Pero desistí de pedirlo porque, después de todo, era como demasiado esperar que apareciera un espresso en el desierto. De repente, sin yo haber dicho nada, llegó Moha con un espresso. Helen le había preguntado antes de yo salir y me sorprendió con eso. Ya sí que mi felicidad era completa.

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Mimosas y espresso en el desierto. Estoy paga

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Las tiendas

Mohamed llegó a buscarnos como a las 9, aunque ya él sabía que nos retrasaríamos. Y luego de toda nuestra parsimonia y de una efusiva despedida de nuestros queridos Moha y Yusef, seguimos el camino de Merzouga a Ouarzazate.

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El gran Yusef

Dejando detrás, definitivamente, las mejores 24 horas de mi vida. Pero rumbo a más lugares fantásticos.

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