Cruzando el Atlas Medio

9 de Enero, 2016

Pobre Mohamed. Siempre intentando que cogiéramos carretera temprano. Quedábamos la noche antes en una hora, pero poco a poco él se fue habituando a que nuestro tiempo no corría igual que el de sus clientes europeos. Esa mañana queríamos aprovechar el desayuno en el riad de Fès, pues si no ha quedado claro, quedarse en un riad es una experiencia relajante para todos los sentidos (excepto, según testimonio de Helen, si se toma el tradicional baño Hammam sin haberse mentalizado antes).

Mohamed llegó y luego de saludarnos nos dedicó su habitual “bueno chicos, debemos ir partiendo”. Y más que nunca tenía razón. Teníamos por delante 6 horas y media de carretera, que incluía cruzar el Atlas Medio, y por supuesto algunas paradas obligatorias. En fin, un día completo de recorrido.

Terminamos nuestro desayuno con calma inglesa, y se inició el operativo de cargar el vehículo. Recordemos que aparte de nuestras 7 maletas iba la maleta de Mohamed, un bulto con la compra de Marcos, y varias fundas con diversas cosas que íbamos acumulando.

Cogimos rumbo hacia el Atlas Medio, una de las principales cadenas montañosas de Marruecos. En una hora nos encontrábamos en Ifrane, o la “Suiza de Marruecos”, como se le conoce. Es un pueblo universitario y vacacional, ubicado en la montaña, con un clima y una vegetación sacados de un cuento. Allí hicimos la parada obligatoria para sacar fotos y tomarnos un té de menta que nos calentara un poco los huesos, congelados por los 11 grados de temperatura de la “Suiza Marroquí”.

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Ifrane, la Suiza de Marruecos

Nos seguimos adentrando en el Atlas, subiendo cada vez más, hasta llegar al Cèdre Gouraud, un impresionante bosque de cedros que además aloja a una de las pocas poblaciones de Monos de Gibraltar en el Norte de África. Al ver a los monos, Marcos casi se tira del vehículo. Cuando Mohamed sacó unos cacahuetes, Helen anunció con firmeza que ella no iba a tocar monos ni les iba a dar nada. Ya Marcos estaba interactuando con varios monos, cuando yo aún mendigaba la atención de alguno de ellos. Hubo un macho que decidió ignorarme olímpicamente, un desdén que aún no he podido superar. Eventualmente algunos me aceptaron mis cacahuetes. Los más pequeños refugiados en las ramas más bajas de los cedros, evitando que los grandes los amedrentaran.

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Uno de los que me hizo caso

Bueno, que mientras Marcos y yo estábamos en nuestras aguas, en medio de esa naturaleza que nos arropaba por completo, no nos dimos cuenta cuando Helen sucumbió al encanto de los monos. La cosa es que de repente escuchamos a alguien hablar sola entre los cedros, y resultó que era doña Helen, discutiendo con un mono porque ya ella le había dado cacahuetes y él tenía que dejar que ella le diera a otro.

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Vista del bosque de cedros Cèdre Gouraud

Con mucho esfuerzo convencimos a Marcos de que debíamos seguir nuestro camino, pues aún nos quedaban casi 5 horas de carretera por delante. Ese recorrido que va poco a poco bajando el Atlas y dejando las montañas detrás me recordó lo insignificantes que somos en un planeta con más de 4 mil millones de años. Ver cómo cambia el paisaje, y la huella que han dejado los crones, las eras, en nuestro planeta, me hizo sentir en paz con mi propia existencia efímera y mi mortalidad. Poco recordaba yo que al día siguiente me vería cara a cara de nuevo con esta evidencia. Porque además de toda la magia ya descrita que tiene Marruecos, y que es quizás intangible, tiene una manera contundentemente real de recordarnos nuestro lugar y nuestro tiempo en este planeta. De dejarnos extasiados al ver con nuestros propios ojos una realidad que no se mide en tiempos humanos, de apreciar la maravilla que es la formación de este lugar que habitamos. De la dimensión que debemos dar a nuestra existencia y al impacto que tenemos en un planeta vivo. Pero me distraigo…

Mohamed nos llevó a comer a una parada de carretera por donde pasaba el famoso rally París-Dakar, y donde aún se paran algunos rallys actuales. Me comí una trucha que me aseguraron era de algún lago cercano y que estaba excelente (supongo que de alguna barrage cercana). No quise investigar demasiado sobre la trucha, porque si lo pensaba, hubiera concluido que no era muy buena idea pedir un pescado en medio de la nada, en Marruecos. Yo por si acaso andaba con unas yerbitas del herbolario de Chefchaouène. Así que me lancé, y la buena noticia es que no hubo nada que lamentar ni hubo que sacar las yerbas.

Nos paramos cerca de Errachidia, donde tomamos fotos de un pequeño pueblo a orillas de uno de los típicos palmerales marroquíes que se formaban cerca de las vías de agua por donde pasaban las caravanas, dejando como desecho semillas de dátiles que creaban estos oasis.

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Palmeral en Errachidia

Finalmente llegamos a Arfoud, a nuestro hotel ubicado cerca de las dunas de Erg Chebbi. Aunque llegamos de noche, como siempre, yo no podía de la emoción de estar ya tan cerca del punto más esperado por mí de todo el viaje. Esa noche estuvimos en el bar del hotel, que estaba casi vacío por la temporada, aunque había algunos seis viajeros más, uno de los cuales decidió monopolizar la música del bar y nos tenía sometidos a una situación techno-electrónica complicada, mientras los de al lado fumaban.

Con el hotel casi en absoluta oscuridad y Marcos y Helen un poco asustados por encontrarnos a oscuras en medio de la nada, nos acostamos a dormir. Si aún no lo he hecho, tengo que decir que yo jamás sentí miedo. No sé si es temeridad de mi parte, pero en ningún momento me sentí insegura, ni siquiera cuando mis compañeros de viaje se asustaban un poco. Mohamed siempre nos dejaba por las noches y se iba a otro lugar. Yo jamás me preocupé. Ni siquiera esa noche, en medio de la nada. Mucho menos al día siguiente, todavía más en medio de la nada y en la frontera con Argelia. Pero ese es otro cuento…

Nada, que esa noche yo estaba feliz, loca por comenzar a llenarme de arena. Y lo cierto es que el día siguiente sería el día más excepcional de toda mi vida. Claro, antes de dormirme planifiqué al detalle mi atuendo del desierto, porque nada, absolutamente nada, podía dejarse a la improvisación en el día que yo más había esperado. Pero jamás hubiesen mis expectativas equiparado la realidad.

Sáhara: Aquí voy, prepárate!

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2 comentarios en “Cruzando el Atlas Medio

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