Fes: el dilema de la fuente y la Medina más fría del mundo

7 a 9 de enero de 2016

Irse de Chefchaouene no fue fácil. Marcos amenazaba con quedarse, pero había que mantener un programa. Y nos advertía que podíamos estar abandonando el mejor lugar del mundo por quimeras.

Llegamos a Fes en la noche. Nos estábamos quedando en un Ryad en la Medina, no demasiado adentrado. Debido a la experiencia de la noche anterior transportando las maletas, Mohamed tuvo a bien contactar con anticipación a nuestro ryad, que al parecer tenía experiencia en turistas imprácticos, y había destinado para esos fines a un señor con una carretilla.

El ryad era simplemente espectacular. Una verdadera casa tradicional marroquí, de patio interior, con decoración exquisita. A Helen y a mí nos tocó dormir en la habitación “La Concubine”, nombre que decidimos no tomar a mal. Luego del té de menta de bienvenida, y de que un pobre infeliz tuviera que subir las maletas por las escaleras (en los ryad no hay ascensores), Helen reservó cupo para un baño hamman al día siguiente. Yo expresé reservas, y anuncié que tomaría la decisión de probar o no el hamman más adelante. Resultó ser una sabia decisión, pues luego del relato de Helen creo que yo habría salido corriendo a los 5 minutos.

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Nuestro ryad

A la mañana siguiente salimos a recorrer Fes con una guía y Mohamed. Visitamos la judería (mellah), el palacio real, el fuerte… Y llegamos al taller de artesanos. Yo sabía que Fes era el lugar para comprar las artesanías, pero aquello fue verdaderamente impresionante. Todo iba a la perfección, íbamos haciendo el recorrido por el taller, aprendiendo todo sobre el proceso de elaboración de los mosaicos y las piezas de cerámica, yo ya había decidido que me iba a comprar unas piezas de cerámica sueltas para un invento… Hasta que llegamos al showroom de las fuentes.

No me explayaré en este punto pues tendría que admitir con bastante generosidad mis debilidades. Baste decir que Helen, Marcos y yo terminamos diseñando una fuente que debe llegarme en los próximos días. Eso sí, en esa fuente hasta me bañaré, no sé cómo, y si hay que ponerle un altar se le pone.

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Artesano de Fes revisando que el panel de mosaicos esté perfecto

De ahí a la Medina, que es la más grande de Marruecos, con más de 9 mil callejones, de los cuales hay cerca de 2 mil sin salida. Al adentrarnos comprendimos por qué desde la noche anterior nos tenían prohibido entrar solos a la Medina: es un laberinto y sólo es posible recorrerlo con un guía.

Visitamos Al-Karaouine, la universidad más antigua del mundo, aún en funcionamiento; la madrassa Bou Inania; la plaza de los teñidores, con un olor terrible, pero que vale la pena aguantar para ver este arte tradicional en acción, y otros lugares de interés. Pero lo que nos marcó realmente de la Medina de Fes fue el frío insoportable que hacía en su interior. La arquitectura tradicional marroquí y musulmana se compone de viviendas que dan al interior, para preservar la intimidad de las mujeres. Por lo tanto, las callejuelas son pasillos franqueados por paredes macizas de arcilla. El sol no entra a la Medina, y las paredes se pasan el día emitiendo frío.

Sin exagerar puedo afirmar, muy a mi pesar, que el frío nos venció y llegó un momento en que casi con claustrofobia tuvimos que pedir que nos sacaran de allí. Así como el exterior soleado estaba a veinte y pico de grados, así la Medina estaba por debajo de 10. Hicimos lo más que pudimos, pero yo ya sentía que comenzaba a enfermarme, y no quería dañarme el viaje.

Llegamos al ryad, Helen se fue a su hamman (historia que le tocaría contar a ella), yo pedí té de menta para la habitación y me dediqué a tomar vitamina C y sacarme ese frío del cuerpo que me había bajado totalmente las defensas. Sólo sé que después del hamman Helen decidió superar su experiencia bajando al patio interior con Marcos y tomando una (o dos?) botellas de vino de Meknes. El vino de Meknes será un tema recurrente en este relato, que será abordado con mayor profundidad en su debido momento.

Es preciso en este punto señalar que hubo que hacer una parada en Carrefour durante el día, pues aunque Helen y yo podíamos perfectamente alimentarnos a base de comida sazonada con comino durante todo el viaje, la verdad es que Marcos no. Lo acompañamos a hacer su compra, que sería transportada y administrada por él durante el resto del viaje. Nos reímos tanto de ella, que nos anunció que no compartiría nada con nosotros cuando se complicara la cosa. Por suerte nunca se complicó, pues en todas partes había la llamada “ensalada marroquí” (y tagine de cordero), con lo que Helen y yo éramos absolutamente felices.

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Ensalada Marroquí, lo mejor de la bolita

Al día siguiente salimos de Fes, con 7 maletas ya llenas, pues convenientemente omití que luego de completar las negociaciones de la fuente, Helen, Marcos y yo acabamos con la tienda de cerámicas del taller de artesanos. La maleta denominada “el muerto” se convirtió ya aquí en un objeto de adoración y cuidado, pues llevaba tazas, platos, ceniceros, piezas con incrustaciones y otros.

Así, con el baúl atiborrado de maletas y fundas que comenzaban a multiplicarse, partimos a Arfoud. Un viaje de 6 horas de carretera a través del Atlas Medio, que nos acercaba cada vez más al Sáhara. La emoción ya me arropaba, y además tenía una fuente nueva.

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