Una noche en el Sáhara

10 de Enero de 2016 (Tercera Parte)

Una vez rescatados del atasco en las dunas, continuamos nuestro camino desierto adentro hasta donde nos esperaba Mustafá con los dromedarios. Casi perdemos la oportunidad de ver el atardecer, por el retraso que supuso habernos enchivado, pero afortunadamente llegamos a tiempo. Mientras más inminente se hacía el momento de subirnos a los dromedarios, más le sudaban las manos a Marcos. Como nada se podía dejar a la improvisación, ya los roles estaban definidos: Marcos en el dromedario que iría delante, con un selfie-stick para grabar y tomar fotos de los tres. Helen en el medio, y yo detrás con mi cámara para también tomar fotos y grabar toda la comitiva. Yo recordaba el papel de cada quien, pero Marcos me decía que no lo presionara, que estaba nervioso. Pidió que por favor nos subiéramos nosotras primero en los dromedarios para él sentirse más seguro.

Llegamos donde Mustafá, quien en medio minuto deshizo todos los planes. Pero antes que nada pedimos a Mohamed que nos amarrara en la cabeza los pañuelos beréber al modo tradicional. Eso si fue un éxito para las fotos. A continuación Mustafá ordenó a Marcos que se subiera en el último camello, a lo que nadie, ni Marcos, rechistó. Y ya ahí se desorganizó todo, porque Marcos era que llevaba el selfie-stick, y quedó de último. Luego el propio Mustafá decidió que Helen iría en el medio y yo delante. Bueno, ni modo, vamos arriba. La emoción era demasiado grande. Nos acomodamos cada quien en su joroba, y puedo decir que los primeros 5, hasta 10 minutos, no hay problema. Pero después de ahí la joroba… Bueno!

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Con todo y pañuelos

Emprendimos el camino, y Marcos no tardó en tranquilizarse, porque un dromedario es como un ‘chongo’ de Jarabacoa. Comenzamos dunas arriba, dunas abajo, mientras la brisa soplaba cada vez más y el sol empezaba a ponerse. A los pocos minutos de camino, cuando ya Marcos estaba aclimatado a su dromedario, escucho detrás mío unos gritos. Los dromedarios de Marcos y Helen se habían desamarrado del mío y se habían quedado inmóviles, causando pánico entre la concurrencia.

Llegamos finalmente a la duna alta donde veríamos el atardecer, y descabalgamos (o descamellamos, yo qué sé). Mustafá nos dice que debemos subir y ahí es que por primera vez comprendemos lo difícil que es subir una duna. Tuvo Mustafá que remolcarnos a Helen y a mí de la mitad de la duna hasta la cúspide. Ahí él tendió unas mantas beréberes para que nos sentáramos, y nos instalamos los cuatro a ver caer el sol. Qué espectáculo! Sencillamente indescriptible.

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Puesta de sol en el Sáhara

Hicimos silencio mientras contemplábamos el horizonte y escuchábamos el sonido del viento. Aquello habrá durado alguna media hora, y una vez puesto el sol Mustafá nos bajó a Helen y a mí de la duna tipo yagua en una de las mantas. A Marcos nada, que es que esos beréberes son enamoradizos. Nos montamos de nuevo y arrancamos hacia el campamento donde pasaríamos la noche.

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Los chicos esperándonos

Ya oscuro vimos unas luces de fogata y Mustafá nos informó que ese era nuestro destino. Yo estaba mentalizada de que esa sería probablemente la noche más difícil del viaje, y que pasaríamos algo de trabajo, pero cuando vi el campamento a lo lejos me sorprendió en primer lugar su tamaño. Aunque había visto en fotos que tenía lavamanos, estaba preparada para que hubiese una letrina, que fuera incómodo, que durmiéramos en literas rústicas, que comiéramos mal, etc., pero todo valía la pena con tal de pasar una noche en el Sáhara. Mientras más nos acercábamos más acogedor se veía todo.

Finalmente llegamos y nos recibió Moha, una de las personas más agradables de todo el viaje, honor difícil de conseguir en un país donde todo el mundo es amable. Nos estaba esperando con una cava fría, que surtió el inmediato efecto de ponernos en onda eufórica y pensar “ya sí llegamos donde es!”. El campamento, llamado Kam Kam Dunes, superó todas nuestras expectativas. Era simplemente hermoso. Nos indicaron dónde estaban nuestras tiendas, y nos llevaron nuestro equipaje, que ya Mohamed había dejado allá en la tarde. Imagínense, tres locos con 7 maletas en el desierto. Fue la única noche en la que estuvimos absolutamente solos, sin Mohamed a nuestro alcance si acaso lo necesitábamos. Y nunca nos importó ni nos preocupó. Estábamos felices.

 

Nuestras tiendas tenían lavamanos, inodoro y ducha! Una cama con dos edredones nórdicos, y todo arreglado con un gusto exquisito. Moha nos preguntó a qué hora queríamos cenar, y pedimos a las 8:30. Había solamente otra pareja en el campamento, unos aburridos que cenaron temprano y se retiraron, dejándonos el campamento para nosotros. Cuando nos tomamos la primera botella de cava, Helen emocionada mandó a descorchar otra. Y luego otra, y luego otra. Yo sólo pensaba: “aquí se nos irán todos los dirham, pero ya ni modo, déjame disfrutar y beberme la cava”.

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Arrancamos!

De repente, mientras tomábamos y nos calentábamos en la fogata, apareció Yusef, el propietario. Un personaje digno de su propia historieta. Un beréber políglota que inmediatamente entabló conversación con nosotros. Al rato, Moha y el resto de los beréberes del campamento (algunos cinco) salieron con instrumentos a tocar música típica alrededor de la fogata. Aquello fue épico. Helen y yo, cava en mano, comenzamos a bailar y dar brincos en lo que ellos tocaban. Todo un frenesí. No pudo ser un momento más especial, en un campamento en medio del desierto, bailando música beréber.

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Restos de nuestra fiesta a la mañana siguiente

La cena, exquisita, la acompañamos de vino de Meknes, que es el vino tinto que aparece en Marruecos. Como todos sabemos, Marruecos no es conocido precisamente por sus vinos, pero cuando eso es lo que hay… es lo que hay. Nos bajamos el vino, que después de la primera copa no pica tanto en la garganta, y Helen le pidió a Moha que guardara la cava que quedaba para la mañana siguiente.

Antes de irnos a dormir nos quedamos un rato fuera contemplando la vía láctea. Nunca he visto un cielo así. Todo, absolutamente todo, era impresionante.

Imbuidos ya del espíritu beréber, dejamos nuestros celulares cargando en la tienda principal, que era donde había paneles solares, y Helen dejó allí hasta su cartera, porque el ambiente era de total confianza y camaradería. Cuando nos fuimos a acostar Helen y Marcos se empeñaron en quedarse fuera esperando ver una estrella fugaz, que Helen alega finalmente haber visto, pero que en definitiva nadie sabe si la vio o fue el efecto de la cava y el vino de Meknes. Una estrella fugaz y un estrellón en la arena después, Helen finalmente decidió que ya estaba bueno. Dormimos mejor que en cualquiera de los hoteles donde nos quedamos, metidas en nuestros edredones y con dos botellas calientes que Moha nos preparó para que no pasáramos frío (recuerden que las noches en el desierto son muy frías).

Al día siguiente nos levantamos (y hasta nos duchamos!) en aquel lugar espectacular. Helen salió primero, y cuando yo llegué al desayuno (copioso y muy variado), ya ella había enseñado a Moha a hacer mimosas con la cava que había quedado de la noche anterior. Desayunamos afuera, con una vista fantástica, ya de día, de las dunas Kam Kam, que según nos explicó Moha se llaman así porque son gemelas. Yo no podía pedir más nada. Bueno, sí a decir verdad, me hacía falta un espresso. Pero desistí de pedirlo porque, después de todo, era como demasiado esperar que apareciera un espresso en el desierto. De repente, sin yo haber dicho nada, llegó Moha con un espresso. Helen le había preguntado antes de yo salir y me sorprendió con eso. Ya sí que mi felicidad era completa.

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Mimosas y espresso en el desierto. Estoy paga

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Las tiendas

Mohamed llegó a buscarnos como a las 9, aunque ya él sabía que nos retrasaríamos. Y luego de toda nuestra parsimonia y de una efusiva despedida de nuestros queridos Moha y Yusef, seguimos el camino de Merzouga a Ouarzazate.

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El gran Yusef

Dejando detrás, definitivamente, las mejores 24 horas de mi vida. Pero rumbo a más lugares fantásticos.

Atascados en las dunas del Sáhara (o el día que Jesús Calleja nos rescató)

10 de Enero de 2016 (Segunda Parte)

Después del almuerzo emprendimos camino hacia las entrañas del Sáhara. Allí se veían las montañas que indican la frontera entre Marruecos y Argelia, un recordatorio de lo lejos que estábamos. Pronto dejamos detrás los campamentos beréberes, con sus burros y dromedarios, pasando a un paisaje de arena total. Dunas por todas partes. Estábamos emocionadísimos, disfrutando cada centímetro del desierto que se imponía a nuestro alrededor, y con la expectativa de llegar a nuestro siguiente destino: el punto donde cambiaríamos nuestra yipeta por tres dromedarios en los que subiríamos a una duna a contemplar el atardecer en el Sáhara. Esto, por supuesto, luego de que Mohamed y yo explicáramos a Marcos y a Helen lo que es un dromedario. Que no, que no es un vehículo tipo 4-wheel para andar por la arena. Que no, que no es un camello porque tiene una sola joroba… Y así. Marcos no estaba del todo convencido de montarse en un dromedario, y pedía que no lo estresáramos más de lo necesario.

Absortos como estábamos mirando la inmensidad del Sáhara desde las ventanas de la yipeta, grabando videos y haciendo comentarios como “wow!”, nos tomó un poco de sorpresa cuando el vehículo quedó totalmente detenido. En primera instancia pensé que nos dimos una ‘enchivadita’ que se resolvería pronto, pero cuando vi que Mohamed comenzó a sacar arena de debajo de las gomas decidí apearme.

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Nada que hacer

Marcos y Mohamed comenzaron a intentar sacarnos de la situación, con poco éxito. Yo vi que estábamos en medio de la nada, en un paisaje hermoso, y me pareció ideal para tomarnos fotos. Pero ya hasta Helen sacaba arena. Estaban ambos preocupados. Yo muy tranquila, porque no podíamos quedarnos allí para siempre. Estaba más enfocada en disfrutar y absorber todo lo que me rodeaba. Además, qué buena historia para contar, aquella de que nos enchivamos! Cuando Mohamed hizo una llamada por el celular para que nos fueran a rescatar, supe que no había nada que pudiéramos hacer, y motivé a Helen y a Marcos a que nos subiéramos en una duna a tomarnos fotos.

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Nunca es mal momento para tomarse una foto en el Sáhara

En esas estábamos cuando en el horizonte aparecen tres vehículos tipo rally París-Dahkar, a todo dar, levantando tras de sí una polvareda, y flanqueando a una nuestra yipeta. Mientras nos vamos acercando se apea de los jeeps un crew de filmación completo, con todos sus equipos, y comienzan a grabar la escena. Un hombre rubio y muy en forma se acerca a Mohamed e intercambian impresiones. Inmediatamente acerca su todoterreno y saca su kit de herramientas. Mide la presión de los neumáticos, decide que ahí está el problema, los vacía de aire, saca un winche, se sube en el estribo y comienza a remenear nuestra yipeta, va a su vehículo, hala el nuestro, repite varias veces sus acciones hasta que saca nuestra sobrecargada yipeta del atasco.

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El hombre en acción

 

Mientras este hombre hace todo eso, Helen y yo estamos paradas mirando la escena (y a los chicos del crew). Una única mujer que andaba en el grupo, y que iba vestida para la guerra, miró nuestro atuendo de arriba a abajo e hizo un comentario despectivo (mismo que yo devolví al instante, ocasionando que ella tratara de enmendar su actitud y comenzara a hacerme preguntas estúpidas). Yo aproveché que se acercó uno de los camarógrafos para preguntarle que qué era todo aquello, a lo que él me respondió con cara de pasmo (por mi ignorancia) que el hombre rubio y fornido era nada más y nada menos que Jesús Calleja, el aventurero más famoso de España, que se encontraba en el Sáhara rodando la última temporada de su programa de aventura. “Ah, ya”, respondí. Acto seguido el camarógrafo dice “os haré unas tomas chicas, para que salgáis en el programa”. Y así fue como terminamos metidos todos en un episodio del programa “Desafío Extremo”.

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Pues sí, ese es

Sólo puedo imaginar la escena que encarnábamos. Nosotros en medio del Sáhara atascados, vestidos con un look especial para las fotos, Helen y yo hasta con pintalabios, y con el baúl del carro lleno a tope. Cuando nos preguntaron que cuál era nuestra ruta (claro, al ver estupefactos el baúl) y respondimos que íbamos a dormir en un campamento, nos miraron como bichos raros.

Cuando Jesús Calleja nos hubo sacado, intenté en vano que nos tomáramos una foto con él. Ahora se había atascado uno de los vehículos de ellos, y ya estaba el aventurero manos a la obra. Dimos las gracias, y seguimos nuestro rumbo, no sin antes, por si acaso, informar al grupo dónde nos estaríamos quedando.

Lo interesante de todo esto es el ambiente de solidaridad que existe en este tipo de escenarios recónditos, donde encontrarse con una persona ya es muchísimo. Es normal que las personas se detengan a ayudar si ven a otros en apuros. Por cierto, que a pesar de estar en medio de la nada, de esa misma nada aparecieron dos beréberes a curiosear durante la maniobra de sacarnos de allí (porque siempre, absolutamente siempre, tiene que suceder algo folclórico).

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Los beréberes que salieron de la nada contemplan la escena

Pero la camaradería que se vive en los confines de la civilización es realmente impactante. Es vivir en carne propia aquellos cuentos que has escuchado sobre cómo las personas se ayudan entre sí en situaciones extremas. Afortunadamente, esta no fue una situación extrema, y aunque hoy lo cuento como si todo hubiese transcurrido en 20 minutos, lo cierto es que duramos más de una hora y media enchivados. Casi perdemos la oportunidad de ver el atardecer sobre una duna de las más altas. Pero Jesús Calleja nos rescató a tiempo.

Rumbo a las dunas!

Sáhara en yipeta

10 de Enero de 2016

Amanecimos en nuestro hotel en Arfoud. Ya de día, pudimos apreciar dónde estábamos. En medio de la nada, en territorio absolutamente árido y sahariano… ¡Qué emoción! Desayunamos copiosamente, ante la incertidumbre de lo que nos depararía un día de sólo desierto, en términos culinarios. Quienes más nos empeñamos en comer en el desayuno fuimos Helen y yo, pues Marcos (recordemos) había amenazado ya con no compartir su compra de Carrefour, la cual seguía rindiendo frutos para él.

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¡Buenos días Arfoud!

Mohamed, siempre puntual y siempre con algún as bajo la manga, nos dijo que le gustaría llevarnos a Rissani, el pueblo más cercano a Erg Chebbi, las dunas en las que terminaríamos nuestra jornada. Nos explicó que era día de mercado, y que podríamos ver un auténtico mercado de pueblo, nada que ver con los zocos de las grandes ciudades. Al mismo tiempo que yo le respondía que sí con mi tono más exaltado, Helen preguntaba qué había ahí, decía que bueno, que está bien… pero, “Mohamed, ahí puedo conseguir un pañuelo beréber? Ok, pues vamos”.

Nos aparcamos como pudimos en el mercado, y comenzamos a adentrarnos. Pero aquí tengo que hacer un paréntesis para poner en contexto qué tan bichos raros parecíamos en un pequeño pueblo rural al borde del desierto. Pues bien, el día del Sáhara era el día estelar para nosotros. Y además sería el día de las mejores fotos. Por lo tanto teníamos planificado todo un look que poco tenía que ver con los aventureros del mítico rally París-Dakar. El asunto es que las fotos en las dunas y en los dromedarios debían quedar bien, a la vez que teníamos que tomar en cuenta las recomendaciones que nos habían dado de llevar capas de ropa que se pudieran poner y quitar según la temperatura. En definitiva, que llevábamos un look de pies a cabeza que hizo que medio mercado de Rissani se volteara a ver a estas dos occidentales entrar a paso firme y con los vuelos de nuestras telas flotando tras nuestro.

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Mohamed y yo adentrándonos al mercado. Yo aún con todas mis capas de ropa.

Lo interesante de estar tan cerca del desierto es que todo es polvo. Te apeas del vehículo y cuando pisas se levanta polvo. El efecto teatral no es nada despreciable, pues caminábamos y dejábamos una estela detrás. Así que hicimos nuestra entrada triunfal en el mercado y comenzamos a explorar con fascinación los puestos de verduras, especias, carne… Un verdadero centro de avituallamiento. Con la fascinación que nos causan estas cosas, Helen y yo nos paramos en el herbolario, donde a ella se le dio a probar un brebaje para la garganta, y se nos dio a oler un asunto que viene en piedrecitas, se echa en agua caliente y destapa no ya las fosas nasales, sino las mismas entrañas. Con nuestras narices destapadas hasta el tuétano, Mohamed tuvo la visión de llevarnos a ver el recinto donde se compran y venden corderos. Como el olor se me metió hasta el estómago, aún lo recuerdo perfectamente. Marcos, como era de esperarse, terminó cargando un corderito que muy amablemente le entregó un local. Mientras él se deleitaba con los corderos, Mohamed, sin que él se enterara, nos explicaba el destino de estos animales.

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Display del herbolario

En el puesto de los pañuelos beréber se armó una gran confusión entre los 4 idiomas en los que intentábamos entendernos: beréber (Mohamed y el tendero), español, inglés y francés. La oferta de colores era demasiado para nosotros, que atacamos la montaña de pañuelos con auténtico salvajismo, buscando el que más nos gustara. Mohamed, para variar, nos dio otra sorpresa cuando nos informó que como él es beréber sabía amarrar el pañuelo. Y nos lo demostró ahí mismo, lo que inmediatamente nos hizo pensar lo bien que quedaríamos en las fotos en las dunas. Luego de rebuscar cada quien salió con su pañuelo. Helen con uno blanco, yo azul y Marcos malva.

Antes de irnos de Rissani Mohamed nos llevó a conocer el “parqueo” de burros del mercado. Evidentemente, la mayoría de los locales llega hasta el mercado en burro desde los poblados aledaños, y se parquea ahí. Todo el mundo sabe exactamente cuál es su burro, aunque para nosotros todos eran idénticos. Recordemos que Helen y yo habíamos olido las sales aquellas, y que el excremento de burro estaba a la orden del día, una combinación no muy recomendable para las fosas paranasales recién destapadas. El parqueo era bastante pintoresco, con los burros conversando entre ellos a rebuzno puro; y aquel mar de jumentos, en el que cada coz levantaba arena, mezclándose con el espejismo del calor, creaba un ambiente totalmente surreal.

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Parte del parqueo de burros en Rissani

Ya en la yipeta, Mohamed anuncia la próxima parada: las Canteras de Fósiles Marinos. Me resulta imposible expresar en palabras lo que sentí cuando lo escuché, pero el corazón me comenzó a palpitar descontroladamente. Nos adentramos en las dunas y llegamos a la cantera. Yo me lancé del vehículo en un ataque de paroxismo, no sabía qué hacer ni por dónde comenzar, no sabía si tirarme en las dunas a llorar de la emoción ante la visión de estas piedras de 360 millones de años. No, no, no… Es que no podía controlarme. Finalmente me fui como zombie caminando a la cantera, me subí en las piedras, me maravillé ante los fósiles visibles en ellas, los toqué, se me aguaron los ojos, me dio calor, me dio frío, me volvió a dar calor, me fui alejando del grupo, me puse a buscar piedras. Nada, síndrome de Stendhal en toda regla. Pero es que, realmente, ver un trilobites de ahí a ahí o un orthoceras, en el lugar mismo en el que quedó fosilizado hace casi 400 millones de años, es demasiado para cualquiera.

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Aunque no lo parezca, estoy a punto de colapsar

Mohamed encontró una piedra suelta con un orthoceras, y al ver cómo yo estaba, me la ofreció. Marcos y yo comenzamos a analizar todo el suelo, encontrando algunos cuarzos, pero luego nos distrajimos analizando las huellas de los animales que salen de noche en el desierto. Particularmente nos fascinó una trama entre una culebra y un ratón del desierto, que había dejado unas huellas que terminaban en caos absoluto.

Cómo logró Mohamed sacarme de ahí? No lo tengo claro. El caso es que volvimos a la yipeta y, para variar, Mohamed nos sorprendió con una parada que nos tenía a Helen y a mí muy expectantes desde el día anterior: los Gnawa, una tribu mística subsahariana asentada en el desierto que conserva sus tradiciones y su música. Llegaron allí a lo largo de los siglos, como esclavos, y hoy son patrimonio de Marruecos, protegidos por el gobierno.

Llegamos al campamento de los Pigions du Sable. Desde fuera se escuchaba la música. Entramos a la tienda y ahí estaban ellos, vestidos de blanco de pies a cabeza, con sus instrumentos típicos, ejecutando esa música mágica y pegajosa. Nos brindaron té, que ya por esas latitudes no era de menta, y arrancaron a tocar. La música iba escalando, hasta que era imposible no remenearse, y como es natural, Helen y yo terminamos bailando y dando brincos con ellos. Claro que les resultó un poco chocante ver dos occidentales con ritmo y ciertos pasitos con golpe de cadera bien africanos. Helen se entusiasmó y cogió una especie de castañuelas de metal que ellos tocan y se unió al combo. En felicidad total, compramos su música, subsidiada por el gobierno, y seguimos la marcha.

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Les Pigions du Sable en acción

Mohamed nos llevó a comer a un lugar típico, donde como siempre comimos bien. Ensalada marroquí y tagine para Helen y para mí, pasta para Marcos. Me tomé lo que pensé sería el último espresso en varios días, saboreándolo hasta el último sorbo, pues esa era mi única preocupación, y emprendimos camino definitivo hacia las entrañas del Sáhara.

En yipeta. Con las 7 maletas y el reguero de paquetes. Camino a un campamento, donde no sabíamos qué esperar ni dónde meteríamos todo nuestro equipaje.

Y así fue como nos enchivamos. Sí, nos enchivamos. Pero esa es otra historia.

Cruzando el Atlas Medio

9 de Enero, 2016

Pobre Mohamed. Siempre intentando que cogiéramos carretera temprano. Quedábamos la noche antes en una hora, pero poco a poco él se fue habituando a que nuestro tiempo no corría igual que el de sus clientes europeos. Esa mañana queríamos aprovechar el desayuno en el riad de Fès, pues si no ha quedado claro, quedarse en un riad es una experiencia relajante para todos los sentidos (excepto, según testimonio de Helen, si se toma el tradicional baño Hammam sin haberse mentalizado antes).

Mohamed llegó y luego de saludarnos nos dedicó su habitual “bueno chicos, debemos ir partiendo”. Y más que nunca tenía razón. Teníamos por delante 6 horas y media de carretera, que incluía cruzar el Atlas Medio, y por supuesto algunas paradas obligatorias. En fin, un día completo de recorrido.

Terminamos nuestro desayuno con calma inglesa, y se inició el operativo de cargar el vehículo. Recordemos que aparte de nuestras 7 maletas iba la maleta de Mohamed, un bulto con la compra de Marcos, y varias fundas con diversas cosas que íbamos acumulando.

Cogimos rumbo hacia el Atlas Medio, una de las principales cadenas montañosas de Marruecos. En una hora nos encontrábamos en Ifrane, o la “Suiza de Marruecos”, como se le conoce. Es un pueblo universitario y vacacional, ubicado en la montaña, con un clima y una vegetación sacados de un cuento. Allí hicimos la parada obligatoria para sacar fotos y tomarnos un té de menta que nos calentara un poco los huesos, congelados por los 11 grados de temperatura de la “Suiza Marroquí”.

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Ifrane, la Suiza de Marruecos

Nos seguimos adentrando en el Atlas, subiendo cada vez más, hasta llegar al Cèdre Gouraud, un impresionante bosque de cedros que además aloja a una de las pocas poblaciones de Monos de Gibraltar en el Norte de África. Al ver a los monos, Marcos casi se tira del vehículo. Cuando Mohamed sacó unos cacahuetes, Helen anunció con firmeza que ella no iba a tocar monos ni les iba a dar nada. Ya Marcos estaba interactuando con varios monos, cuando yo aún mendigaba la atención de alguno de ellos. Hubo un macho que decidió ignorarme olímpicamente, un desdén que aún no he podido superar. Eventualmente algunos me aceptaron mis cacahuetes. Los más pequeños refugiados en las ramas más bajas de los cedros, evitando que los grandes los amedrentaran.

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Uno de los que me hizo caso

Bueno, que mientras Marcos y yo estábamos en nuestras aguas, en medio de esa naturaleza que nos arropaba por completo, no nos dimos cuenta cuando Helen sucumbió al encanto de los monos. La cosa es que de repente escuchamos a alguien hablar sola entre los cedros, y resultó que era doña Helen, discutiendo con un mono porque ya ella le había dado cacahuetes y él tenía que dejar que ella le diera a otro.

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Vista del bosque de cedros Cèdre Gouraud

Con mucho esfuerzo convencimos a Marcos de que debíamos seguir nuestro camino, pues aún nos quedaban casi 5 horas de carretera por delante. Ese recorrido que va poco a poco bajando el Atlas y dejando las montañas detrás me recordó lo insignificantes que somos en un planeta con más de 4 mil millones de años. Ver cómo cambia el paisaje, y la huella que han dejado los crones, las eras, en nuestro planeta, me hizo sentir en paz con mi propia existencia efímera y mi mortalidad. Poco recordaba yo que al día siguiente me vería cara a cara de nuevo con esta evidencia. Porque además de toda la magia ya descrita que tiene Marruecos, y que es quizás intangible, tiene una manera contundentemente real de recordarnos nuestro lugar y nuestro tiempo en este planeta. De dejarnos extasiados al ver con nuestros propios ojos una realidad que no se mide en tiempos humanos, de apreciar la maravilla que es la formación de este lugar que habitamos. De la dimensión que debemos dar a nuestra existencia y al impacto que tenemos en un planeta vivo. Pero me distraigo…

Mohamed nos llevó a comer a una parada de carretera por donde pasaba el famoso rally París-Dakar, y donde aún se paran algunos rallys actuales. Me comí una trucha que me aseguraron era de algún lago cercano y que estaba excelente (supongo que de alguna barrage cercana). No quise investigar demasiado sobre la trucha, porque si lo pensaba, hubiera concluido que no era muy buena idea pedir un pescado en medio de la nada, en Marruecos. Yo por si acaso andaba con unas yerbitas del herbolario de Chefchaouène. Así que me lancé, y la buena noticia es que no hubo nada que lamentar ni hubo que sacar las yerbas.

Nos paramos cerca de Errachidia, donde tomamos fotos de un pequeño pueblo a orillas de uno de los típicos palmerales marroquíes que se formaban cerca de las vías de agua por donde pasaban las caravanas, dejando como desecho semillas de dátiles que creaban estos oasis.

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Palmeral en Errachidia

Finalmente llegamos a Arfoud, a nuestro hotel ubicado cerca de las dunas de Erg Chebbi. Aunque llegamos de noche, como siempre, yo no podía de la emoción de estar ya tan cerca del punto más esperado por mí de todo el viaje. Esa noche estuvimos en el bar del hotel, que estaba casi vacío por la temporada, aunque había algunos seis viajeros más, uno de los cuales decidió monopolizar la música del bar y nos tenía sometidos a una situación techno-electrónica complicada, mientras los de al lado fumaban.

Con el hotel casi en absoluta oscuridad y Marcos y Helen un poco asustados por encontrarnos a oscuras en medio de la nada, nos acostamos a dormir. Si aún no lo he hecho, tengo que decir que yo jamás sentí miedo. No sé si es temeridad de mi parte, pero en ningún momento me sentí insegura, ni siquiera cuando mis compañeros de viaje se asustaban un poco. Mohamed siempre nos dejaba por las noches y se iba a otro lugar. Yo jamás me preocupé. Ni siquiera esa noche, en medio de la nada. Mucho menos al día siguiente, todavía más en medio de la nada y en la frontera con Argelia. Pero ese es otro cuento…

Nada, que esa noche yo estaba feliz, loca por comenzar a llenarme de arena. Y lo cierto es que el día siguiente sería el día más excepcional de toda mi vida. Claro, antes de dormirme planifiqué al detalle mi atuendo del desierto, porque nada, absolutamente nada, podía dejarse a la improvisación en el día que yo más había esperado. Pero jamás hubiesen mis expectativas equiparado la realidad.

Sáhara: Aquí voy, prepárate!

Fes: el dilema de la fuente y la Medina más fría del mundo

7 a 9 de enero de 2016

Irse de Chefchaouene no fue fácil. Marcos amenazaba con quedarse, pero había que mantener un programa. Y nos advertía que podíamos estar abandonando el mejor lugar del mundo por quimeras.

Llegamos a Fes en la noche. Nos estábamos quedando en un Ryad en la Medina, no demasiado adentrado. Debido a la experiencia de la noche anterior transportando las maletas, Mohamed tuvo a bien contactar con anticipación a nuestro ryad, que al parecer tenía experiencia en turistas imprácticos, y había destinado para esos fines a un señor con una carretilla.

El ryad era simplemente espectacular. Una verdadera casa tradicional marroquí, de patio interior, con decoración exquisita. A Helen y a mí nos tocó dormir en la habitación “La Concubine”, nombre que decidimos no tomar a mal. Luego del té de menta de bienvenida, y de que un pobre infeliz tuviera que subir las maletas por las escaleras (en los ryad no hay ascensores), Helen reservó cupo para un baño hamman al día siguiente. Yo expresé reservas, y anuncié que tomaría la decisión de probar o no el hamman más adelante. Resultó ser una sabia decisión, pues luego del relato de Helen creo que yo habría salido corriendo a los 5 minutos.

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Nuestro ryad

A la mañana siguiente salimos a recorrer Fes con una guía y Mohamed. Visitamos la judería (mellah), el palacio real, el fuerte… Y llegamos al taller de artesanos. Yo sabía que Fes era el lugar para comprar las artesanías, pero aquello fue verdaderamente impresionante. Todo iba a la perfección, íbamos haciendo el recorrido por el taller, aprendiendo todo sobre el proceso de elaboración de los mosaicos y las piezas de cerámica, yo ya había decidido que me iba a comprar unas piezas de cerámica sueltas para un invento… Hasta que llegamos al showroom de las fuentes.

No me explayaré en este punto pues tendría que admitir con bastante generosidad mis debilidades. Baste decir que Helen, Marcos y yo terminamos diseñando una fuente que debe llegarme en los próximos días. Eso sí, en esa fuente hasta me bañaré, no sé cómo, y si hay que ponerle un altar se le pone.

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Artesano de Fes revisando que el panel de mosaicos esté perfecto

De ahí a la Medina, que es la más grande de Marruecos, con más de 9 mil callejones, de los cuales hay cerca de 2 mil sin salida. Al adentrarnos comprendimos por qué desde la noche anterior nos tenían prohibido entrar solos a la Medina: es un laberinto y sólo es posible recorrerlo con un guía.

Visitamos Al-Karaouine, la universidad más antigua del mundo, aún en funcionamiento; la madrassa Bou Inania; la plaza de los teñidores, con un olor terrible, pero que vale la pena aguantar para ver este arte tradicional en acción, y otros lugares de interés. Pero lo que nos marcó realmente de la Medina de Fes fue el frío insoportable que hacía en su interior. La arquitectura tradicional marroquí y musulmana se compone de viviendas que dan al interior, para preservar la intimidad de las mujeres. Por lo tanto, las callejuelas son pasillos franqueados por paredes macizas de arcilla. El sol no entra a la Medina, y las paredes se pasan el día emitiendo frío.

Sin exagerar puedo afirmar, muy a mi pesar, que el frío nos venció y llegó un momento en que casi con claustrofobia tuvimos que pedir que nos sacaran de allí. Así como el exterior soleado estaba a veinte y pico de grados, así la Medina estaba por debajo de 10. Hicimos lo más que pudimos, pero yo ya sentía que comenzaba a enfermarme, y no quería dañarme el viaje.

Llegamos al ryad, Helen se fue a su hamman (historia que le tocaría contar a ella), yo pedí té de menta para la habitación y me dediqué a tomar vitamina C y sacarme ese frío del cuerpo que me había bajado totalmente las defensas. Sólo sé que después del hamman Helen decidió superar su experiencia bajando al patio interior con Marcos y tomando una (o dos?) botellas de vino de Meknes. El vino de Meknes será un tema recurrente en este relato, que será abordado con mayor profundidad en su debido momento.

Es preciso en este punto señalar que hubo que hacer una parada en Carrefour durante el día, pues aunque Helen y yo podíamos perfectamente alimentarnos a base de comida sazonada con comino durante todo el viaje, la verdad es que Marcos no. Lo acompañamos a hacer su compra, que sería transportada y administrada por él durante el resto del viaje. Nos reímos tanto de ella, que nos anunció que no compartiría nada con nosotros cuando se complicara la cosa. Por suerte nunca se complicó, pues en todas partes había la llamada “ensalada marroquí” (y tagine de cordero), con lo que Helen y yo éramos absolutamente felices.

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Ensalada Marroquí, lo mejor de la bolita

Al día siguiente salimos de Fes, con 7 maletas ya llenas, pues convenientemente omití que luego de completar las negociaciones de la fuente, Helen, Marcos y yo acabamos con la tienda de cerámicas del taller de artesanos. La maleta denominada “el muerto” se convirtió ya aquí en un objeto de adoración y cuidado, pues llevaba tazas, platos, ceniceros, piezas con incrustaciones y otros.

Así, con el baúl atiborrado de maletas y fundas que comenzaban a multiplicarse, partimos a Arfoud. Un viaje de 6 horas de carretera a través del Atlas Medio, que nos acercaba cada vez más al Sáhara. La emoción ya me arropaba, y además tenía una fuente nueva.

Chefchaouene, el reto de las 7 maletas

Aún es 6 de enero, salimos a final de la tarde de Tánger a Chefchaouene: dos horas de carretera de noche, en nuestro primer día en Marruecos. Se convertiría en práctica habitual de este grupo coger carretera de noche, para mayor preocupación y angustia de todos nuestros familiares, si es que lo hubieran sabido, pues convenientemente omitíamos este tipo de información.

En la carretera había puestos policiales a la entrada de cada municipio, razón por la cual cada vez que avistábamos uno yo pegaba todo mi cabello rubio en el vidrio del vehículo, con la esperanza de que no nos pararan al ver que éramos turistas. Funcionó. Mohamed convirtió en práctica avisar con tiempo, para que todos tomáramos la pose más turística posible: yo con mi cabello, Marcos con el sombrero, Helen… chequeando el iPhone.

Llegamos a Chefchaouene cerca de las 8 de la noche, y luego de aparcar en la plaza, Mohamed nos explica que debemos llegar al Riad en el que nos alojaríamos caminando. Ahí comprendemos: es una especie de casco histórico, plagado de piedras y escalones… Y tenemos 7 maletas. Se crea un comisión ad hoc para resolver este grave asunto, y se acuerda pagar a tres “chefchaouecinos” para que nos lleven las maletas.

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Con la seguridad de quien se siente haber tomado una decisión ejecutiva, emprendemos camino hacia el riad, siguiendo a nuestros porteadores improvisados. Pero resulta que no se negoció una parte importante: ellos iban rodando las maletas por callejuelas de peñascos totalmente irregulares, y no nos convenía en lo absoluto quedarnos sin rueditas tan al principio en el viaje. Entre señas y traducciones, y un ataque de pánico generalizado que sentía cada quien por la propia maleta, nos entendimos con ellos de que era necesario cargarlas. Claro, en todo momento pensamos que el riad no podía estar tan lejos y que sería cuestión de algunos pasos hacia dentro del pueblo. Pero no. El trayecto se nos hizo eterno, y supongo que mucho más a los porteadores, que proferían expresiones que sólo puedo asumir no eran demasiado favorables a nosotros. Helen se ganó una mención especial, al subir su maleta de mano al hombro, en una hazaña que le valió ser considerada por nosotros a la altura de cualquier mujer rural mediterránea que sube y baja las montañas cargando de todo.

Finalmente llegamos al riad, donde nos esperaba nuestro primer té de menta. “Bueno, ahora sí”, pensamos. Nos quedamos en un lugar precioso, con exquisitas atenciones, y Mohamed se despidió hasta el día siguiente.

Ni cortos ni perezosos, una vez instalados, salimos a explorar el hermoso pueblo blanco y azul de Chefchaouene de noche. Andábamos tras la pista de los pequeños puestecitos de venta de todo tipo de mercancía marroquí, que apenas vimos de pasada en la odisea de las maletas. Pero la mayoría habían cerrado. Sin embargo, Chefchaouene (o Chaouen) es mágico de noche, iluminado por discretas bombillas que lo hacen resplandecer de una manera única. Y además, lleno de vida nocturna. En cada callejón estaba pasando algo, ya fuera que sacaran la basura para que los gatos se la comieran, o bien que correteara un grupo de niños.

Disfrutamos enormemente pasear Chefchaouene arriba, Chefchaouene abajo esa noche, pensando por momentos que estábamos perdidos. Porque no sabes en este lugar si estás perdido o no. Todas las casas tienen la misma combinación de blancos y azules. Se trata de caminar sin rumbo, doblar por aquí, devolverte por allí, y no enterarte dónde estás, ni mucho menos que te importe. Eventualmente encontrarás tu riad, aunque tampoco hay prisa.

Al día siguiente vimos a Chefchaouene bajo la luz del sol, lo cual sólo contribuyó a aumentar su espectacularidad y nuestras ganas de quedarnos. Negociamos con Mohamed partir después de almuerzo, asumiendo la advertencia que nos hacía de que de nuevo llegaríamos de noche a nuestro próximo destino.

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En el desayuno en nuestro riad, Ibrahim se encargó de hacernos sentir como en casa, tanto que hasta nos puso a Enrique Iglesias de música de fondo, gesto que no tuvimos el corazón de rechazar. Esas explicaciones resultarían demasiado elaboradas. Pero además, nos invitó a regresar a Chefchaouene y hospedarnos en su casa, con su familia. Y se ofreció a llevarnos a visitar las distintas tribus de las montañas. Un ofrecimiento muy generoso, que se repitió varias veces durante el viaje, evidenciando el espíritu de los marroquíes, y sobre todo la hospitalidad de los beréber.

Aprovechamos la mañana para caminar y entrar a las distintas tiendas de artesanías. Nos impresionó un artesano que trabajaba el bronce y el cobre con unos niveles de detalle increíbles. Podemos afirmar con rotundidad que este día comenzó nuestra acumulación de objetos, que incrementaba en cada parada el peso del equipaje.

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Doblamos en una callejuela, y un señor nos insistía que por favor entráramos a su tienda de alfombras y telas, que aunque no compráramos nada nos agradecería que lo recomendáramos. Helen entró inmediatamente, y cuando me asomo para no dejarla sola, no la encuentro. Me llaman desde la trastienda y cuando entro es un herbolario. El dueño comienza a explicarnos de hierbas, raíces y menjunjes, y cuando Marcos se decide entrar a “rescatarnos” nos encuentra enfrascadas oliendo potes. Luego de comprar una hierba indeterminada para aliviar las molestias de mi hernia, y Helen avituallarse de palitos de regaliz y valeriana (“Tú necesitas cosas que te calmen”, le decía el dueño), salimos felices de ahí dentro. Marcos nos espera fuera para regañarnos “por estar oliendo potes que ustedes no saben lo que son”.

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Al final resultó que la oledera de potes no surtió ningún efecto halucinógeno, no sé si para bien o para mal, sino que simplemente tuvimos una fantástica y auténtica experiencia. Pero supongo que Marcos no dejaba de tener razón, a fin de cuentas sólo teníamos un día en Marruecos.

Llegamos a la plaza donde está la mezquita y le digo a Marcos que se asome a ver si se puede entrar. Regresa enfadado conmigo porque una especie de anciano venerable con un cayado en la mano le llamó la atención por acercarse a la puerta. Me dijo que la próxima vez iría yo, lo cual no era para nada una buena idea, pero bueno. Se iba asentando la dinámica grupal.

Aunque retrasamos la partida lo más que pudimos, llegó un punto en que de no irnos a Mohamed le daría un ataque. Pero esta vez yo había visto a un señor durante la mañana transportando mercancías en una carreta, y pedí me ubicaran a tan importante individuo, que estaba destinado a jugar el papel de nuestro salvador en el traslado de las maletas de nuevo hacia el carro. El ilustre caballero, persona de gran valía para cualquier turista impráctico que llegue a Chefchaouene, fue ubicado por un chico que fue contactado por un muchacho amigo de un amigo de Mohamed. Ah, sí, en Marruecos se da mucho este tipo de cadenas de comunicación. Pronto estábamos de nuevo en el carro, de camino a nuestro próximo destino.

Al que nos tomaría 4 horas y media llegar.

De noche.

(Leíste bien, mami?)

Tánger: Misión Maroc Telecom

6 de enero de 2016, poco más del mediodía en Tánger, dos mujeres solas en la fila de migración. Paso delante: “Bienvenida a Marruecos, señora Ferrer” (Pam! Pam!, dos sellos en el pasaporte). Pasa mi amiga con pasaporte dominicano (pobre), y una eternidad después, la sigo esperando en la cinta de equipaje.

En un carrito que pedía misericordia cargamos tres maletas grandes y dos maletas de mano, vaticinando las condiciones en las que recorreríamos Marruecos por los próximos 10 días. Olvidé decir que nuestro amigo nos esperaba ya en el aeropuerto, con su respectivo equipaje y acompañado de nuestro chofer Mohamed, quien tuvo la imposible tarea de colocar, en lo adelante, todas las maletas, incluyendo la de él, en el baúl de una jeepeta.

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Dice Mohamed, en su castellano impecable: “Bueno chicos, os llevaré a almorzar algo”. Nuestra reacción fue absolutamente desproporcionada: “NECESITAMOS PRIMERO ENCONTRAR UN MAROC TELECOM!”. Ah, esta vida complicada, en la que una tarjeta SIM es más importante que saciar el hambre.

Inicia entonces la búsqueda de Maroc Telecom, nuestro proveedor de elección pues nos habían informado que tiene cobertura en el desierto (spoiler!). Por supuesto, no estábamos contando con que, cual reminiscencia de épocas coloniales pasadas, la hora de almuerzo es sagrada y en ciudades pequeñas los negocios cierran. Aparcamos en una zona suburbana de Tánger, más por inexperiencia y desesperación que por cualquier otra razón, y comenzamos a caminar, no sé ni siquiera si en círculos o no, pero por supuesto sin ninguna metodología concreta más que la irracionalidad de seres desesperados que NECESITAN UNA TARJETA SIM.

Primer Maroc Telecom, cerrado. Segundo Maroc Telecom, cerrado. Pero allí, por aquella calle curva, caótica con vendedores ambulantes y charcos de agua, se ve un letrero que dice Maroc Telecom. Como si hubiésemos avistado un Oasis nos dirigimos hacía allí. Era un colmado. Entre especias, Coca Cola árabe, huevos, ajo, jugos españoles y un fuerte olor a comino (bienvenidos a Marruecos!) se inició una pesquisa con el colmadero, traducida por Mohamed, sobre la posible venta de unas tarjetas SIM con internet (condición indispensable). El acuerdo se concretó entre las miradas curiosas de los locales que no comprendían qué hacía este grupo alejado de las playas de Tánger, y que acaparaba la atención de un colmadero que al mismo tiempo despachaba huevos y leche.

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Cuando se nos aseguró que nuestras condiciones serían cumplidas apareció la tarjeta SIM, que resultó ser grande para los iPhone que llevábamos. Pero ya habíamos pagado los 30 dirhams que costaba el asunto, y el colmadero nos aseguró que a una esquina la cortaban a la medida y que todo estaría bien.

Segunda misión: encontrar el lugar donde cortaban la tarjeta

Evidentemente, tanto las distancias como las direcciones en Marruecos son muy relativas. Al salir del colmado tuvimos que iniciar una nueva cruzada para conseguir un lugar un poco más “tecnológico” donde resolver de una vez por todas la situación de nuestros celulares. Luego de más vueltas y ya no saber ni siquiera cómo ni cuándo encontraríamos nuestro vehículo, nos topamos con una papelería con el famoso letrero de Maroc Telecom.

Yo ya estoy en modo “Maroc”. Sé que no estoy viajando a Europa y tengo vasta experiencia dominicana en traques y situaciones peculiares. Por qué no habría de poder resolverse el asunto en una papelería? Estamos en Marruecos! He de confesar que disfrutaba secretamente la situación en la que nos encontrábamos, pues eso es vivir. Viajar a un lugar nuevo, hermoso y caótico, y experimentar la autenticidad del mismo.

Efectivamente el dependiente, que hablaba como si estuviera peleando, pero que resultó ser su manera de comunicarse, dijo (en árabe) que no sólo podía cortar la tarjeta, nos podía vender dos más y además hacernos la recarga. Albricias!

Mientras me gritaba en árabe, me dictaba números en castellano-italiano-portugués-francés, hacía ademanes y se reía, logramos configurar dos teléfonos. Nos sentimos realizados. Problema siguiente: dónde está el carro?

Bueno, problema más inmediato: dónde vamos a comer? Porque ya son las 3:30 PM!

Emprendemos la búsqueda de un restaurante específico que luego de subir, bajar, doblar por aquí, devolvernos por allá, y así, siempre a pie, resultó estar cerrado. Y como sucede en estos casos, terminamos entrando en la primera fonda que vimos abierta. Que por cierto, estuvo muy bien, a pesar de que por el hambre atrasada pedimos todo el menú.

Comenzó a lloviznar y Mohamed salió a encontrar el carro, lo cual debe haber tomado cerca de 45 minutos. Pero la vida nos sonreía.

Estábamos en Marruecos, y estábamos conectados!